
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




Los acontecimientos que han tenido lugar en Bahía Blanca en torno a un acuerdo de relaciones sexuales han desatado una serie de denuncias cruzadas que parecen sacadas de un guion cinematográfico. La historia gira en torno a un hombre y una mujer que, antes de la pandemia, decidieron mantener encuentros sexuales regidos por el consentimiento mutuo, sin ataduras emocionales. Sin embargo, la trama se complica cuando la mujer, posteriormente, revela que es portadora del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y decide ocultar esa información a su amante. Aproximadamente cuatro meses después de su primer encuentro sexual, la mujer recibió un diagnóstico que cambiaría el rumbo de su vida. Aunque comenzó con el tratamiento adecuado para manejar su condición, optó por no informar a su compañero sobre su estado de salud y continuó manteniendo relaciones sexuales con él durante al menos un año más. Este secreto no solo comprometía su propia salud, sino que también ponía en riesgo a su pareja, quien, sin saberlo, estaba expuesto a una enfermedad de transmisión sexual. La situación dio un giro inesperado cuando, tras un tiempo de distanciamiento y reproches, la mujer denunció al hombre en enero de 2023. Afirmó que él la había forzado a tener relaciones sexuales y, además, lo acusó de ser el responsable de contagiarla con el VIH. Con la denuncia, se lanzó un torbellino de consecuencias legales que incluyeron una prohibición de acercamiento impuesta al hombre, a pesar de que ambos aparentemente no habían tenido contacto en más de un año. La Unidad Funcional de Instrucción y Juicio N° 4, que se encarga de investigar delitos sexuales, se enfrenta ahora a la compleja tarea de determinar la veracidad de las acusaciones de la mujer. Mientras tanto, el acusado ha contratado a un abogado defensor y ha comenzado a reunir pruebas que demuestran su inocencia, lo que incluye someterse a análisis de sangre para verificar su estado de salud. Los resultados han sido claros: no es portador del VIH, lo que desafía las afirmaciones de la denunciante. La pericia psicológica realizada a la mujer reveló que en varias ocasiones no había mencionado su condición de salud y que, en un encuentro, incluso se retiró antes de terminar la entrevista. Fue solo en una tercera ocasión que finalmente reveló su diagnóstico, lo que ha generado dudas sobre la credibilidad de su testimonio. Este hecho ha llevado a que el hombre, ahora sintiéndose víctima de un engaño, decida presentar su propia denuncia por propagación de enfermedad y falsa denuncia. El Código Penal argentino tiene en cuenta situaciones de este tipo, estableciendo penas para aquellos que, conscientes de su estado de salud, transmiten enfermedades de carácter contagioso. Según el artículo 202, la propagación intencionada de una enfermedad peligrosa puede acarrear penas de prisión de tres a quince años. Si se determina que la mujer actuó de forma negligente al no informar a su pareja sobre su estado, podría enfrentar serias consecuencias legales. A medida que las investigaciones avanzan, queda claro que las dinámicas de poder, consentimiento y comunicación son fundamentales en cualquier relación, incluso en aquellas que se basan en acuerdos informales. La revelación de la enfermedad de transmisión sexual y el consiguiente ocultamiento de información crítica ha puesto en el centro del debate la responsabilidad que cada uno tiene sobre su propia salud y la de los demás. El caso ha capturado la atención de la comunidad, no solo por su carga emocional y dramática, sino también por las implicaciones legales que podrían surgir. Los expertos en derecho y salud pública observan con atención, ya que el resultado de este proceso podría sentar un precedente sobre la responsabilidad legal en relaciones sexuales consensuadas en las que hay un riesgo de contagio. La historia de estos dos individuos, un hombre de aproximadamente 50 años y una mujer de unos 45, refleja un aspecto de la sexualidad que muchas veces queda relegado a un segundo plano: la importancia del diálogo y la honestidad en las relaciones. Lo que comenzó como una búsqueda de libertad y disfrute mutuo se ha transformado en un laberinto judicial donde la verdad, la salud y la justicia se entrelazan de manera compleja. Ahora, ambos deberán esperar a que la justicia determine el desenlace de esta intrincada saga, que, sin duda, deja lecciones sobre la necesidad de una comunicación abierta y responsable entre las parejas, así como sobre las graves consecuencias que pueden derivarse del ocultamiento de información crucial sobre la salud. La historia promete más capítulos y, quizás, un llamado a reflexionar sobre el respeto, la confianza y la responsabilidad en el ámbito de las relaciones humanas.