
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La actual situación de los mercados financieros en Europa y Estados Unidos presenta un escenario intrigante que puede tener consecuencias significativas para los inversores. A medida que las bolsas europeas mostraron un inicio de año prometedor en 2025, muchos han interpretado este comportamiento como una señal de que el Viejo Continente podría actuar como un refugio seguro en caso de que Estados Unidos entre en recesión, impulsada por las medidas económicas de la administración de Donald Trump. Sin embargo, esta percepción es más un espejismo que una certeza. El análisis realizado por Société Générale sugiere que los mercados han comenzado a incorporar en sus precios la posibilidad de un crecimiento negativo en la economía estadounidense. Este fenómeno se refleja en indicadores como el índice de volatilidad Vix, que actualmente indica un 19% de probabilidad de recesión, mientras que otros indicadores, como la rentabilidad de los bonos a corto plazo, elevan esa posibilidad al 39%. Esta dinámica se complica aún más con la constatación de que los activos de mayor riesgo, como los bonos basura, parecen ignorar la amenaza de una recesión inminente. Históricamente, la relación entre las economías de EE. UU. y Europa ha sido tal que, cuando la primera entra en recesión, la segunda no logra escapar ilesa. Desde Citi se advierte que en las últimas tres décadas, Europa ha experimentado contracciones en las ganancias corporativas cada vez que Estados Unidos ha enfrentado una crisis similar. Esto se debe, en parte, a que un 25% de los ingresos de las grandes compañías europeas provienen del mercado norteamericano, lo que las convierte en vulnerables a las fluctuaciones de la economía estadounidense. La historia económica reciente aporta ejemplos claros de esta interconexión. Durante las recesiones de 1990-91 y 2001 en EE. UU., las empresas europeas también sufrieron caídas en sus beneficios, aunque en menor medida en algunos años. Sin embargo, la tendencia general demuestra que Europa no ha estado exenta de los efectos negativos que emanan de las crisis americanas. La lógica indica que, si las acciones en Wall Street caen drásticamente debido a la antipatía hacia la recesión, la confianza en los mercados europeos se verá igualmente afectada. Además, la percepción de que Estados Unidos puede servir como un refugio seguro durante períodos de incertidumbre económica complica aún más el panorama. En recesiones pasadas, el capital tiende a fluir hacia activos considerados seguros dentro de Estados Unidos, como los bonos del Tesoro y el dólar, lo que refuerza la idea de que, en tiempos de crisis, los inversores prefieren protegerse en la moneda y los valores del país que perciben como más sólido. Sin embargo, el contexto actual presenta matices que podrían modificar esta relación. Una posible aprobación de un plan de gasto fiscal en Alemania y el impacto positivo que podría generar la pacificación del conflicto en Ucrania ofrecen un contrapeso que podría mitigar los efectos negativos de una recesión en EE. UU. en la economía europea. Este escenario sugiere que, aunque Europa se vea afectada, podría no experimentar la misma intensidad de las caídas en los mercados que se anticipan en Wall Street. Los analistas de Citi han razonado que la mejor evolución de las bolsas europeas hasta ahora se debe a un contexto de "ralentización en Estados Unidos, sin recesión", lo que ha permitido a los inversores mantener cierta confianza en mercados alternativos. A pesar de los desafíos, las expectativas de crecimiento mejorado en otras partes del mundo pueden contribuir a un panorama más optimista para las acciones europeas. A medida que el año avanza, la atención se centrará no solo en las políticas monetarias de la administración de Trump, sino también en cómo estas repercutan en la economía global y, en particular, en el viejo continente. Los inversores deben permanecer cautelosos y conscientes de que la interrelación entre ambas economías es profunda y compleja, y que los movimientos en Wall Street pueden tener repercusiones inmediatas en las bolsas europeas. Por tanto, el mensaje es claro: aunque las bolsas europeas han tenido un comienzo de año favorable, la incertidumbre persiste. Con un posible cambio en el ciclo económico en EE. UU. a la vista, Europa podría enfrentar no solo los efectos de una recesión externa, sino también una mayor volatilidad que podría llevar a sus mercados a ajustes dramáticos. Los próximos meses serán cruciales para determinar si este escenario se hará realidad o si, por el contrario, Europa podrá mantener su impulso positivo frente a la adversidad económica que podría venir desde el Atlántico.