
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




A medida que el mandato de Donald Trump llega a su fin, el país enfrenta un panorama económico y político que podría marcar un cambio significativo en el rumbo de Estados Unidos. Trump asumió el poder en un momento en que la economía estadounidense se expandía a un ritmo cercano al 3%, sin embargo, los indicadores más recientes de enero sugieren que el país podría estar entrando en un periodo de crecimiento negativo, una señal alarmante para los ciudadanos y los analistas por igual. Uno de los elementos más preocupantes en esta transición es la forma en que las decisiones de la administración Trump han impactado la calidad de las instituciones estadounidenses. A lo largo de la historia, se ha demostrado que la prosperidad de un país está intrínsecamente ligada a la robustez de sus instituciones. Sin embargo, bajo la dirección de Trump, hemos sido testigos de la erosión de importantes organismos gubernamentales, como USAid y el Consumer Financial Protection Bureau, instituciones que han sido desmanteladas sin mayores objeciones por parte del Congreso. Este debilitamiento institucional plantea serias dudas sobre el futuro de la democracia y el estado de derecho en Estados Unidos, tal y como lo señala el premio Nobel de Economía, Daron Acemoglu, quien advierte que la degradación de las instituciones puede culminar en el fracaso nacional. Los indicadores económicos reflejan rápidamente las consecuencias de esta política. La confianza del consumidor ha comenzado a desplomarse, y el gasto se está viendo afectado. La economía estadounidense, que una vez parecía sólida, enfrenta ahora la posibilidad de una desaceleración prolongada. Con un entorno de incertidumbre generado por anuncios erráticos de políticas, los consumidores se muestran reacios a gastar, lo que se traduce en una ralentización del crecimiento económico. Ante un panorama de posible recesión, los bancos centrales generalmente optarían por reducir las tasas de interés para estimular la demanda. Sin embargo, la situación actual complica este enfoque, ya que la inflación se ha mantenido por encima del 3% y las expectativas de inflación de los consumidores han aumentado, rondando el 6%, el nivel más elevado en casi tres décadas. La Reserva Federal se encuentra atrapada en un dilema, ya que cualquier intento de recortar tasas en este contexto podría agravar aún más la inflación. Además, la calidad del crecimiento económico no debe ser olvidada. La capacidad de un país para sostener su prosperidad a largo plazo depende de la estabilidad financiera, lo que implica que se deben seguir políticas fiscales responsables. Sin embargo, según el Congressional Budget Office, las proyecciones fiscales de Trump sugieren que el déficit fiscal podría alcanzar un alarmante 9% del PIB, en contraposición con los niveles mucho más manejables que se observan en Europa. La carga de la deuda pública, que ya rondaba el 108% del PIB durante la Segunda Guerra Mundial, podría escalar a niveles peligrosos de hasta el 130% en la próxima década. Este escenario fiscal, sumado a la desregulación en sectores clave, podría dar lugar a graves problemas a medio plazo. Durante el primer mandato de Trump, la desregulación en el sector bancario llevó a la quiebra del Silicon Valley Bank, un evento que puso de manifiesto los riesgos de una política financiera laxa. La reciente propuesta de establecer una "reserva de activos digitales" solo añade más incertidumbre a un sistema ya volátil. En cuanto a los aranceles, el presidente Trump ha mantenido la esperanza de reducir el déficit comercial de Estados Unidos, pero los resultados han sido decepcionantes. La economía estadounidense consume más de lo que produce, y el ahorro de otras naciones se canaliza hacia el consumo en Estados Unidos debido a la fortaleza del dólar y a un mercado de bonos atractivo. La falta de acuerdos comerciales sólidos también plantea obstáculos para una recuperación equitativa y sostenible. A medida que nos adentramos en la siguiente fase de la economía estadounidense, es crucial tener en cuenta las lecciones del pasado. La historia nos recuerda que, a pesar de la acumulación de riquezas, el exceso de consumo puede llevar a una pérdida de estabilidad. Los ecos de las advertencias del almirante romano Plinio sobre la economía de su tiempo resuenan hoy más que nunca, recordándonos que las políticas deben ser sostenibles y responsables para garantizar un futuro próspero. En resumen, la América que dejará Trump puede estar marcada por la inestabilidad económica y un debilitamiento institucional. Las decisiones tomadas durante su mandato tendrán repercusiones a largo plazo, no solo para la economía, sino también para el tejido mismo de la sociedad estadounidense. El próximo liderazgo tendrá la monumental tarea de revertir estas tendencias y restaurar la confianza en las instituciones y la economía. Sin duda, el legado de Trump será objeto de análisis y debate durante muchos años, y la capacidad de su sucesor para afrontar estos desafíos definirá el futuro de la nación.