
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




Durante casi dos décadas, la economía china ha estado intrínsecamente ligada al consumo de energía, un modelo que parece estar llegando a su fin, al menos en términos de cumplimiento de objetivos. La nación asiática se enfrenta a un creciente desafío: el incumplimiento de sus metas energéticas, lo que pone en riesgo sus compromisos climáticos y, por ende, su reputación global. A medida que el año avanza, las proyecciones indican que China terminará 2023 con un consumo energético que dista mucho de sus objetivos establecidos, lo que plantea serias preocupaciones sobre el futuro de sus políticas ambientales. La demanda de energía en China ha crecido a un ritmo alarmante, impulsada principalmente por la expansión de la fabricación en diversos sectores, que van desde metales y productos petroquímicos hasta paneles solares y automóviles eléctricos. Aunque la construcción y otros sectores tradicionales han mostrado signos de desaceleración, áreas emergentes como el aire acondicionado y los centros de datos han contribuido a un aumento constante en el consumo energético. Este escenario plantea un dilema: a pesar de una economía en transición, la intensidad energética sigue siendo un punto crítico. El plan quinquenal actual establece que el uso de energía por unidad de producto interno bruto debería caer un 13,5% para finales de 2025. Sin embargo, los analistas sugieren que este objetivo podría ser más fácil de alcanzar de lo esperado, gracias a una redefinición de lo que se considera "energía". Este tipo de ajustes ha suscitado críticas, ya que reflejan una falta de compromiso real con la sostenibilidad y la eficiencia energética. Un segundo objetivo relacionado, que busca reducir la intensidad de carbono, también ha tenido un desempeño decepcionante. Aunque las emisiones por unidad de PIB disminuyeron un 3,4% en 2024, la tendencia de años anteriores muestra que se necesitará una reducción histórica en 2025 para cumplir con el objetivo de un recorte del 18% respecto a los niveles de 2020. Este panorama resalta la presión que enfrenta el gobierno chino para cumplir con sus promesas climáticas, especialmente en un contexto donde la economía aún lucha por reequilibrarse después de la pandemia. La situación actual se complica aún más con la próxima celebración del Congreso Nacional Popular en Pekín, donde los líderes enfrentan un dilema crucial: ¿deben forzar a la economía a adoptar un crecimiento más eficiente y sostenible en lugar del crecimiento industrial que ha predominado en los últimos años? Los objetivos de intensidad energética y emisiones son una señal clara de la dirección que Beijing desea tomar, pero el camino hacia el cumplimiento parece empedrado de obstáculos. Desde que se introdujeron los objetivos de intensidad energética y de emisiones en 2006, la idea principal ha sido la de generar crecimiento económico sin comprometer el medio ambiente. Sin embargo, en la práctica, el progreso ha sido desigual. La dependencia de sectores industriales de alta emisión, como la petroquímica y la manufactura, ha limitado la expansión de la tecnología y otros sectores menos intensivos en energía. Este enfoque ha resultado en un crecimiento del PIB que, aunque robusto, ha ido en detrimento de la rentabilidad. El exceso de capacidad en distintas industrias, que va desde la producción de paneles solares hasta el acero, ha llevado a la caída de precios, complicando aún más alcanzar los objetivos climáticos. A medida que el PIB crece, se plantea la pregunta de cómo lograr una reducción de emisiones que abarque un 6% para 2025, algo que, de lograrse, sería un hito sin precedentes desde el inicio de la industrialización en China. El método de cálculo para las metas de intensidad energética ha generado controversia; en 2022, China modificó la fórmula para incluir menos fuentes de energía, lo que ha reducido artificialmente el consumo de energía contabilizado. Aunque esto puede parecer un logro, plantea dudas sobre la integridad y la credibilidad de las estadísticas oficiales, lo que podría repercutir en la percepción internacional respecto al compromiso de China con el cambio climático. La transición hacia un modelo de desarrollo más sostenible es fundamental no solo para el bienestar del medio ambiente, sino también para la estabilidad económica a largo plazo del país. A partir de 2026, el enfoque cambiará para centrarse en la reducción de la intensidad de las emisiones, lo que podría ser un indicativo de una estrategia más agresiva y enfocada en cumplir con los compromisos internacionales. Esto requerirá un esfuerzo coordinado y, posiblemente, una reevaluación de las prioridades económicas. Sin embargo, las señales actuales sugieren que, a pesar del deseo de cambio, el gobierno se enfrenta a una realidad económica frágil. La presión para cumplir con los objetivos climáticos se encuentra en un delicado equilibrio con la necesidad de mantener el crecimiento económico. Con el futuro de la política climática de China en juego, la pregunta que queda es si los líderes estarán dispuestos a tomar las decisiones difíciles necesarias para cumplir con las promesas, tanto a nivel nacional como internacional.