
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




El regreso de Donald Trump a la presidencia ha sido un acontecimiento que ha despertado tanto expectativas como temores, tanto en su propio país como en el escenario internacional. El exmandatario, que ya ha gobernado durante un mandato, ha llegado a esta nueva etapa con una agenda claramente definida y una estrategia que ha sido elaborada durante su tiempo fuera del poder. Su familiaridad con los entresijos del gobierno estadounidense y el conocimiento de sus adversarios son elementos que, según analistas, podrían marcar una diferencia significativa en su segundo mandato. Desde su llegada al poder, Trump ha implementado medidas que han dejado a muchos sorprendidos. La rapidez con la que ha ejecutado órdenes ejecutivas en sus primeros días sugiere que su equipo ha estado trabajando arduamente en un plan que es tanto práctico como ambicioso. Steve Bannon, su antiguo asesor, ha declarado que han aprendido de los errores del pasado y que esta vez están listos para enfrentar los desafíos de una manera más efectiva. Este enfoque ha llevado a la percepción de un Trump que no actúa por impulsos, sino que sigue una hoja de ruta cuidadosamente trazada. Uno de los aspectos más discutidos de su plan es el interés en Groenlandia, un territorio que Estados Unidos ha intentado adquirir en varias ocasiones a lo largo de la historia. Aunque la idea de comprar Groenlandia puede sonar absurda para muchos, es un reflejo de la estrategia más amplia de Trump en relación con el control del Ártico y la seguridad nacional. Esta preocupación por la región se remonta a tiempos anteriores a la Guerra Fría, cuando los misiles nucleares eran dirigidos a través del Polo Norte. La administración de Trump parece estar revitalizando este interés, buscando asegurar una posición estratégica en un área que se considera crucial en el contexto de la rivalidad con Rusia. Por otro lado, las provocaciones hacia Canadá, como la sugerencia de que debería convertirse en el estado 51 de Estados Unidos, indican una postura asertiva que busca reconfigurar las relaciones en la región. Aunque muchos consideran estas afirmaciones como gestos retóricos, hay una lógica más profunda que guía las acciones de Trump: la integración de Alaska, Canadá y Groenlandia como parte de una estrategia más amplia para contrarrestar las influencias de Rusia y China. Los aranceles impuestos a naciones vecinas como México y Canadá también son parte de esta estrategia, más que una mera política comercial. Estos aranceles son respuestas a problemas que trascienden lo económico, como el tráfico de fentanilo y la migración. La ultimátum a países como Colombia, donde se han visto amenazados con sanciones por no aceptar repatriar migrantes ilegales, revela la manera en que Trump busca utilizar la presión económica como un mecanismo de control sobre sus vecinos. En cuanto a su enfoque hacia Latinoamérica, Trump parece tener claro que la amenaza de Rusia y China se extiende a países como Venezuela, donde ambos países han ganado terreno. Sin embargo, la falta de una acción contundente en relación con el régimen de Nicolás Maduro puede ser vista como una estrategia deliberada, tal vez esperando un momento más adecuado para actuar. El tiempo que ha pasado desde su investidura refleja la rapidez inusual con la que ha empezado a ejecutar su agenda, lo que sugiere que está decidido a no perder tiempo. En el plano interno, Trump ha comenzado una reorganización significativa de la administración pública, con miles de empleados aceptando ofertas de salida a cambio de sus salarios. Este tipo de reestructuración parece formar parte de un plan más amplio para reducir el tamaño del gobierno y asegurar que su staff esté alineado con su visión. Las decisiones que ha tomado hasta ahora dejan claro que busca establecer un control firme sobre la narrativa política en Estados Unidos. Su declaración sobre la existencia de solo dos géneros es un punto candente que refleja su enfoque ideológico. Esta postura no solo busca marcar distancias con el espectro político más amplio, sino que también intenta consolidar su base de apoyo, la cual se siente amenazada por lo que se percibe como un exceso de corrección política. En este contexto, Trump no solo desafía conceptos que han estado en la conversación política durante décadas, sino que también busca polarizar aún más el debate entre conservadores y liberales. La narrativa de inclusión que ha dominado en años recientes enfrenta un desafío considerable con la agenda de Trump, quien busca desmantelar lo que él y sus seguidores ven como una ideología "woke" que se ha vuelto demasiado dominante. Este cambio de enfoque puede tener repercusiones profundas en políticas públicas y en cómo se perciben y apoyan ciertos derechos. Finalmente, el escenario político en América Latina, donde emergen figuras como Javier Milei y Giorgia Meloni, indica una transformación radical en la derecha, que ahora se presenta como una mezcla de conservadurismo y liberalismo. Este fenómeno podría influir en las dinámicas políticas en países como Perú, donde la derecha aún está en formación y debe encontrar su camino en medio de un paisaje político fragmentado. En conclusión, el regreso de Trump y su agenda son un reflejo de un mundo en constante cambio, donde las antiguas normas se encuentran bajo un intenso escrutinio. La forma en que su administración aborda no solo los desafíos internos sino también las relaciones internacionales, marcará un nuevo capítulo en la historia de los Estados Unidos y su papel en el escenario global. La próxima etapa no solo se tratará de la figura de Trump, sino del resurgimiento de un orden político que promete ser tan conflictivo como transformador.