
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La política migratoria de Estados Unidos ha tomado un rumbo drástico bajo la administración del expresidente Donald Trump, generando un panorama polarizado en la opinión pública. En este contexto, varios estados han intensificado sus esfuerzos para apoyar las deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados. La situación ha provocado un intenso debate en el país, donde se entrelazan posturas a favor y en contra de las medidas restrictivas. Texas se posiciona como el líder indiscutible en la implementación de estas políticas. Con un presupuesto que supera los 3,000 millones de dólares dedicados a la seguridad fronteriza, el estado ha procesado a miles de indocumentados, muchos de los cuales han sido detenidos por delitos menores como el cruce ilegal de la frontera. La movilización de tropas de la policía estatal y la Guardia Nacional hacia la frontera con México subraya el compromiso del gobierno texano en esta agenda, al tiempo que genera preocupación entre grupos defensores de los derechos humanos. Florida, bajo la dirección del gobernador Ron DeSantis, está alineando sus leyes con las directrices de la administración Trump. DeSantis ha propuesto criminalizar la entrada ilegal al país, transformando esta actividad en un delito estatal. Además, busca ampliar el Programa de Transporte de Extranjeros No Autorizados (UATP) y restringir el acceso de estudiantes indocumentados a instituciones universitarias estatales. Estas medidas son vistas como un intento de fortalecer la narrativa de “seguridad” que ha dominado el discurso político en los últimos años. Otros estados como Iowa, Louisiana y Oklahoma han seguido el ejemplo de Texas y Florida, facilitando que los agentes de la ley puedan detener y deportar a inmigrantes indocumentados. Esta tendencia ha llevado a que muchas comunidades se sientan cada vez más inseguras, generando un ambiente de temor que afecta tanto a los indocumentados como a sus familias. En Arizona, la situación es particularmente delicada. Se aprobó una legislación que permite a la policía local intervenir en casos sospechosos de inmigrantes que intentan ingresar al país, aunque esta ley solo entrará en vigor si una legislación similar en otro estado se activa durante 60 días. Este tipo de medidas ha sido objeto de controversia, ya que muchos argumentan que fomenta la racialización en las prácticas policiales. Utah también ha tomado cartas en el asunto. El gobernador Spencer Cox ha manifestado su deseo de identificar a los ciudadanos extranjeros que se encuentran en el país sin la documentación adecuada, argumentando que representan una amenaza a la seguridad pública. Este enfoque ha desatado críticas tanto a nivel local como nacional, ya que muchos expertos en derechos humanos advierten que este tipo de políticas a menudo perpetúan la desconfianza entre las comunidades inmigrantes y las autoridades. Georgia y Carolina del Norte han implementado leyes que obligan a las autoridades penitenciarias a verificar el estatus migratorio de los reclusos y a cooperar con los agentes federales de inmigración, respectivamente. Estas legislaciones han sido recibidas con preocupación, ya que se teme que puedan llevar a detenciones arbitrarias y a la separación de familias. Incluso en ciudades tradicionalmente consideradas como refugios para inmigrantes, como Nueva York, el clima está cambiando. El alcalde Eric Adams ha manifestado su disposición a colaborar con las políticas migratorias federales, modificando leyes locales para facilitar la deportación de indocumentados con antecedentes penales. Este giro ha generado un amplio debate en la ciudad, donde muchos temen que se erosionen los derechos de las comunidades inmigrantes. El apoyo de estos estados a las deportaciones masivas refleja una tendencia preocupante en la política migratoria de Estados Unidos, donde el miedo y la inseguridad han comenzado a dominar la narrativa. Mientras algunos argumentan que estas medidas son necesarias para asegurar la frontera y proteger a los ciudadanos estadounidenses, otros advierten sobre las implicaciones humanitarias y éticas de tales acciones. El futuro de la política migratoria en Estados Unidos sigue siendo incierto. Mientras algunos estados abrazan con fervor la agenda de deportaciones, otros luchan por preservar los derechos de los inmigrantes y encontrar soluciones más compasivas. La polarización en torno a este tema es evidente, y las voces de ambos lados continúan resonando en un país marcado por la diversidad y el debate sobre lo que significa ser americano.