Trump rehúsa la verdad y despliega conspiraciones en su segundo mandato presidencial

Trump rehúsa la verdad y despliega conspiraciones en su segundo mandato presidencial

Donald Trump ha reavivado distorsiones y teorías de conspiración, manipulando la verdad para moldear la opinión pública en su beneficio.

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros

Juan Brignardello Vela

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.

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Política

En el último mes, desde su regreso al poder, Donald Trump ha desempolvado su viejo repertorio de distorsiones y teorías de conspiración, creando una atmósfera en la que la verdad parece ser simplemente una opción entre muchas. En un mundo donde los hechos son maleables, el presidente ha presentado afirmaciones que desafían la lógica y la realidad, estableciendo una narrativa propia que se despliega como un espectáculo de telerrealidad. Desde acusaciones absurdas acerca de la ayuda estadounidense hasta la distorsión de eventos históricos, Trump ha utilizado su habilidad para la propaganda para moldear la opinión pública a su favor. Una de las afirmaciones más llamativas de Trump ha sido la idea de que Estados Unidos envió 50 millones de dólares en preservativos a Hamás, un relato que, aunque fácilmente refutable, refleja su tendencia a utilizar la mentira como herramienta política. Trump no se detiene ante la evidencia, sino que, por el contrario, refuerza sus afirmaciones con un audaz desdén por la veracidad. Esta táctica no es nueva, pero en su segundo mandato ha alcanzado un nivel más profundo de manipulación. Esta realidad alternativa se basa en su capacidad de deslegitimar a sus opositores y a las instituciones que cuestionan su narrativa. Si la Agencia de EE. UU. para el Desarrollo Internacional es percibida como ineficaz, sugiere que merece ser desmantelada; si los programas de diversidad están en la mira, se argumenta que comprometen la seguridad. Hasta las acusaciones contra Ucrania, donde Trump ha reorganizado la narrativa para presentar a este país como el agresor en la guerra contra Rusia, son parte de su estrategia de desinformación. Julian Zelizer, profesor de Historia en Princeton, señala que una de las mayores habilidades de Trump es su capacidad para crear su propia narrativa y, a su vez, desacreditar las críticas que se le presentan. Este enfoque ha sido parte de su arsenal político durante años, donde los fracasos son sistemáticamente atribuidos a otros y los logros se maximizan. La repetición constante ha sido clave; a través de la insistencia, ha logrado que incluso algunos de sus detractores comiencen a aceptar una versión distorsionada de la realidad. La situación se complica aún más con la forma en que Trump ha revisado su propio pasado. La insurrección del 6 de enero, que inicialmente describió como un ataque vil, se ha transformado en su discurso en un "día de amor". Este giro ha facilitado su justificación para indultar a aquellos que participaron en el ataque, mostrando cómo sus narrativas se entrelazan para servir a sus intereses políticos inmediatos. Ruth Ben-Ghiat, autora experta en autoritarismo, subraya que Trump es un maestro de la propaganda. Su habilidad para manipular la percepción pública sin el respaldo de un Estado totalitario es notable, lo que resalta el poder de sus afirmaciones en una sociedad democrática. Sin embargo, su enfoque se asemeja a tácticas que se observan en regímenes autoritarios, lo que plantea preocupaciones sobre la erosión de la verdad en el discurso político. Mientras tanto, los miembros de su administración han tenido que adaptarse a esta nueva realidad. John Kelly, exjefe de gabinete de Trump, comparte que muchas veces se les pedía que respaldaran afirmaciones que sabían que eran falsas, y aquellos que se resistían a esto a menudo se encontraban en la cuerda floja. Esta cultura de deshonestidad se ha incrustado profundamente en las dinámicas del gobierno, donde la verdad se convierte en un concepto relativo. La desinformación de Trump también se ha extendido a temas de política exterior. Su reciente revisión de la guerra en Ucrania, donde culpa a este país de ser el verdadero agresor y exime a Rusia de responsabilidad, podría tener implicaciones graves. Al modificar la narrativa sobre el conflicto, Trump busca debilitar la solidaridad occidental con Ucrania y, al mismo tiempo, preparar el terreno para una posible negociación que favorezca a Moscú. La reescritura de la historia se convierte así en una herramienta para facilitar acuerdos que podrían tener repercusiones globales. Con este tipo de retórica, Trump también ha intentado deslegitimar la ayuda estadounidense a Ucrania, inflando cifras y tergiversando declaraciones de líderes ucranianos. Este comportamiento no solo confunde a la opinión pública, sino que también socava la confianza en las instituciones y en los aliados de Estados Unidos. El intento de Trump de presentar a Zelenski como un dictador y a Putin como un agente exento de culpa es un claro ejemplo de cómo su narrativa busca dividir, desinformar y, en última instancia, controlar la conversación. Las afirmaciones de Trump tienen un impacto real, y aunque muchos de sus comentarios son fácilmente refutables, su repetición constante plantea un desafío significativo para el discurso político en Estados Unidos. La narrativa trumpeana no solo afecta la percepción pública, sino que también redefine los términos del debate político. Este fenómeno pone de relieve la necesidad de un periodismo vigoroso y comprometido que desafíe estas narrativas y busque restablecer la verdad en el centro del discurso político.

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