
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La revolución que estalló en Portugal el 5 de octubre de 1910 dejó una huella profunda en la península ibérica, no solo por el derrocamiento del rey Manuel II y la instauración de la República, sino también por las tensiones que se desataron a ambos lados de la frontera. La Carbonaria, una sociedad secreta de inspiración masónica, se convirtió en una figura central de esta agitación, extendiendo su influencia y sembrando el temor entre los monárquicos españoles que se encontraban en el exilio en Galicia. Durante estos días convulsos, las sombras de la conspiración y la desconfianza se entrelazaron en un paisaje político cargado de incertidumbre. Con la caída de la monarquía en Portugal, muchos republicanos se sintieron embriagados por una especie de milagro político. Sin embargo, la desconfianza no tardó en emerger. La historia reciente de Portugal, marcada por intervenciones extranjeras, había dejado una profunda cicatriz en la psique colectiva del país. La memoria de las intervenciones españolas en 1833 y 1847 pesaba como una losa, y la posibilidad de una nueva intromisión, esta vez bajo el pretexto de restaurar el orden, alimentaba los temores de los republicanos. Así, el ambiente estaba cargado de suspicacias y ansias de protección. La figura del primer ministro español, José Canalejas, no lograba calmar los ánimos. En su intento de mantener una postura neutral, se encontraba en una situación insostenible. Los monárquicos españoles veían en él una oportunidad para recuperar el control, mientras que los republicanos lusos, por su parte, consideraban que la inacción del gobierno español era una invitación a la intervención. En este contexto, la Carbonaria emergía como un actor sin miedo, extendiendo su red de influencia por Galicia, y particularmente en Ourense, donde se sentía más seguro para operar. En esta atmósfera de tensión, el modus operandi de la Carbonaria se hizo evidente. Con audaces incursiones desde Portugal, sus miembros buscaban intimidar a los monárquicos exiliados, llevando a cabo acciones que desafiaban tanto a las autoridades portuguesas como a las españolas. La situación se tornó aún más complicada cuando se supo que el cónsul portugués en Ourense no dudó en disparar en plena Plaza Mayor contra un grupo de realistas, un acto que, lejos de ser sancionado, resultó en su rápida liberación por parte de un alcalde que temía un conflicto diplomático. La frontera se convirtió en un terreno de juego donde las leyes parecían suspendidas. Los rumores de incursiones de las fuerzas armadas portuguesas en territorio español para intimidar a los realistas se multiplicaban, mientras que los propios guardias de frontera eran acusados de arrestar a quienes se oponían al nuevo régimen. Esta intrusión no solo afectaba a individuos, sino que también perturbaba la economía local, que dependía de la llegada de refugiados que, al huir de la represión, desestabilizaban los precios y la vida cotidiana. El gobierno español no permaneció impasible ante estos acontecimientos. Con la presión creciente y el clamor de los realistas, se tomó la decisión de trasladar a los exiliados tierra adentro, una medida que generó un nuevo cúmulo de reacciones. La Sociedad Círculo Verinés, por ejemplo, defendía el derecho de asilo de los refugiados, planteando que la repatriación forzada era una violación de sus derechos. Sin embargo, las autoridades españolas, decididas a pacificar la situación, ignoraron estas voces y continuaron con su plan. En este contexto, la economía gallega comenzó a resentirse. El incremento repentino de la población refugiada dio lugar a un aumento en los precios de los bienes básicos, lo que complicaba aún más la vida cotidiana de los habitantes locales. La libra de pan llegó a costar hasta dos pesetas, y los alquileres se dispararon, lo que generó una sensación de crisis entre los que se quedaban. La tensión económica se sumaba a la social, creando un ambiente insostenible que clamaba por una resolución. Mientras tanto, la sombra de la Carbonaria continuaba alargándose. Con más de 15,000 portugueses en Galicia a la espera de que la situación política en su país se estabilizara, la presión sobre el gobierno español aumentaba. La figura de Paiva Couceiro, el militar que aspiraba a restaurar la monarquía en Portugal, se convertía en un símbolo de la resistencia monárquica y una figura de esperanza para muchos. Sin embargo, su eventual fracaso en la conspiración llevó a que casi 300 realistas buscaran refugio en Brasil, una nueva diáspora que reflejaba la desilusión de quienes habían sido parte de un sueño que se desvanecía. A pesar del fervor republicano que se palpaba en Portugal, el pueblo español seguía reacio a sumarse a un cambio tan radical, a pesar de los ecos de la experiencia traumática de la Primera República. Esta dualidad en la percepción política entre ambos países se convirtió en un punto crucial de análisis. Mientras que los portugueses abrazaban la idea de la república, en España el miedo a un cambio radical hacía que muchos se mantuvieran al margen de los vientos de transformación que soplaban desde el vecino país. Así, la historia de la Carbonaria y su influencia en Galicia se entrelaza con los avatares de la política ibérica, reflejando un momento de tensión y transformación. A medida que la región buscaba su identidad en medio de una crisis política, la sombra de la Carbonaria se erguía como un recordatorio de las luchas internas y las complejidades que caracterizaban a ambos países en esta encrucijada histórica.