
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La gobernanza es la base sobre la cual funciona cualquier nación, dictando los derechos, responsabilidades y expectativas tanto del gobierno como de los gobernados. Sin embargo, un problema crítico en Nigeria hoy en día es la evidente falta de comprensión de los sistemas de gobernanza por parte de los funcionarios públicos y sus asistentes. Esta ignorancia ha llevado a declaraciones y políticas equivocadas que contradicen los mismos principios de la democracia, como lo ejemplificó recientemente un asistente presidencial que sugirió la pena de muerte para una mujer que expresó sus frustraciones contra el gobierno. Para entender la gravedad de tal declaración, primero se deben apreciar las diferencias fundamentales entre la democracia y la monarquía. En un sistema democrático, el poder se deriva del pueblo, y la gobernanza se lleva a cabo dentro de los límites de las leyes y derechos consagrados en la constitución. Los ciudadanos tienen el derecho de expresar sus opiniones, criticar a sus líderes y exigir rendición de cuentas. Esta es la esencia de la democracia: un sistema donde la gobernanza está sujeta a la voluntad del pueblo y el liderazgo se gana, no se impone. En cambio, en un sistema monárquico, el poder está concentrado en manos de un soberano—frecuentemente hereditario—que tiene un control significativo sobre la gobernanza sin necesariamente rendir cuentas al pueblo. Históricamente, los monarcas ejercieron un poder absoluto, y la disidencia contra el gobernante a menudo se equiparaba a traición, a veces castigada con la muerte. Esto contrasta drásticamente con los sistemas democráticos donde la libertad de expresión es un derecho constitucional y un elemento clave de la participación cívica. La sugerencia de un asistente presidencial de que un ciudadano debería enfrentar la pena de muerte por expresar su dolor refleja un preocupante malentendido del sistema bajo el cual opera Nigeria. En una democracia, la crítica a las políticas gubernamentales, a los funcionarios e incluso al presidente no solo es legal, sino necesaria para una estructura de gobernanza próspera y responsable. El derecho a la libertad de expresión está protegido por la Constitución nigeriana, y tratar de suprimir la disidencia a través de amenazas o medidas punitivas socava los mismos valores democráticos sobre los que se construye la nación. La falta de comprensión de la gobernanza por parte de quienes están en el poder a menudo conduce al abuso de la autoridad. En lugar de ver el cargo público como una plataforma para el servicio y la rendición de cuentas, muchos funcionarios nigerianos operan con una mentalidad de derecho, percibiendo cualquier crítica como un agravio a su estatus. Esta actitud monárquica ha contribuido a una cultura de represión, donde en lugar de abordar las preocupaciones de los ciudadanos, los funcionarios eligen silenciar las frustraciones con amenazas. Además, equiparar la crítica con la pena de muerte es una tergiversación deliberada de los principios democráticos. Hablar en contra de las políticas o líderes del gobierno no equivale a un crimen que deba ser castigado con la pena de muerte, sino que es un derecho fundamental de cada ciudadano en una democracia. Si cada instancia de crítica pública se tratara como traición, entonces la democracia dejaría de existir, reemplazada por un régimen autocrático donde se silencian las voces de la oposición. El papel de los funcionarios gubernamentales y sus asistentes debería ser educarse sobre los principios de gobernanza y defender los valores democráticos. En lugar de hacer declaraciones imprudentes que expongan su ignorancia, deberían centrarse en abordar las causas raíz de la insatisfacción pública. Nigeria enfrenta desafíos significativos, incluyendo dificultades económicas, inseguridad y corrupción. La expresión de frustración por parte de los ciudadanos es una respuesta natural a estos problemas, y en lugar de buscar castigarlos, el gobierno debería escuchar, involucrarse y encontrar formas de mejorar la gobernanza. Una democracia prospera en el diálogo, la rendición de cuentas y la respuesta a las necesidades del pueblo. Los líderes que abrazan estos principios construyen confianza y fomentan el progreso nacional, mientras que aquellos que los rechazan crean una brecha cada vez mayor entre el gobierno y los gobernados. Es imperativo que los funcionarios públicos nigerianos y sus asistentes reciban una adecuada orientación sobre gobernanza, derechos democráticos y participación pública. Sin esto, el ciclo de ignorancia y tendencias autoritarias continuará obstaculizando el crecimiento democrático de la nación. La gobernanza en Nigeria debe estar arraigada en una comprensión de los principios democráticos, el respeto por la libertad de expresión y un compromiso con el servicio al pueblo. La reciente sugerencia de la pena de muerte para un ciudadano que expresa sus frustraciones no es solo un incidente aislado, sino un reflejo de un problema mayor: la ignorancia de muchos funcionarios públicos sobre el sistema al que sirven. Nigeria no es una monarquía donde la disidencia se castiga con la muerte; es una democracia donde la crítica constructiva debe ser recibida con diálogo y reformas, no con amenazas. Hasta que quienes están en el poder comprendan esta verdad fundamental, la gobernanza seguirá siendo ineficaz, y los ciudadanos continuarán sintiéndose alienados del mismo sistema que se supone debe servirles.