
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




En la compleja trama de las relaciones entre Europa y Estados Unidos, la historia parece repetirse en ciclos de dependencia y entrega. La reciente declaración del presidente español, Pedro Sánchez, enfatizando la importancia de Europa en la riqueza de Estados Unidos, ha rescatado un pasado cargado de decisiones que han marcado el destino de ambos continentes. A lo largo de los siglos, la relación entre España y Estados Unidos ha estado caracterizada por una serie de concesiones que, en última instancia, han beneficiado a la potencia norteamericana en detrimento de los intereses europeos y, en particular, de los españoles. La unión política de las coronas de Castilla y Aragón, que culminó con la Reconquista, sentó las bases de lo que sería la expansión imperial española. Sin embargo, este período de gloria se transforma rápidamente en una tragedia para los pueblos indígenas de América, que sufrieron las consecuencias de una colonización violenta y despiadada. La legitimación de estos actos bajo la premisa de una misión divina, defendida por la monarquía española, contrasta con la realidad del genocidio y el sufrimiento infligido a millones. A través de los años, las decisiones tomadas por las élites españolas han revelado una inclinación a ceder territorios y derechos en favor de intereses ajenos. Desde la entrega de Florida y Oregón a cambio del apoyo estadounidense en la lucha contra los independentistas en el siglo XIX, hasta el ignominioso Tratado de París de 1898, donde España renunció a su soberanía sobre Cuba y cedió Puerto Rico, Guam y Filipinas, la historia está marcada por un patrón de debilidad y sumisión que parece haber sido internalizado en la política española. El Tratado de París, en particular, no solo simboliza la pérdida de territorios, sino que también representa un cambio en el equilibrio de poder en el hemisferio. Con la renuncia a cualquier indemnización y el establecimiento de condiciones que limitaban la independencia cubana, España consagró su rol como un mero facilitador de la expansión estadounidense, dejando tras de sí un legado de despojo que aún resuena en la memoria colectiva de los pueblos afectados. La dinámica de la relación transatlántica se ha visto afectada por el paso del tiempo. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall se presentó como un esfuerzo de recuperación, pero en el fondo esbozó la estrategia estadounidense de consolidar su influencia en Europa para contrarrestar a la Unión Soviética. Sin embargo, con el desvanecimiento de la Guerra Fría, Europa se encontró en una situación de vulnerabilidad y dependencia, cuya magnitud comienza a ser evidente en la actualidad. Hoy, Europa enfrenta una crisis económica que la ha llevado a depender de fuentes externas para su energía y defensa. La decisión de renunciar a relaciones energéticas más económicas procedentes de Rusia en favor de importaciones más costosas ha puesto en evidencia una falta de previsión que tiene sus raíces en decisiones políticas erradas. Mientras tanto, el vínculo con Estados Unidos, que antes se sostenía en una alianza casi íntima, ha comenzado a tambalearse ante la creciente exigencia de Washington de que Europa asuma mayores costos por su propio resguardo. El contexto actual revela una Europa que se siente sola y despojada de su relevancia en la escena internacional. La dependencia no solo se manifiesta en términos económicos, sino también en la incapacidad de construir una defensa robusta sin recurrir al proveedor estadounidense. Este panorama ha llevado a muchas naciones europeas a cuestionar la naturaleza de su alianza con Estados Unidos, especialmente cuando la administración bajo Trump ha comenzado a cobrar por los servicios de defensa que antes eran ofrecidos a bajo costo. Si bien la retórica de Sánchez puede ser vista como un intento de reivindicar la cooperación entre continentes, la realidad es que su comprensión de la situación global parece limitada. La historia nos enseña que las palabras no son suficientes para cambiar un relato marcado por la entrega y la sumisión. La incapacidad de los líderes europeos para reconocer y enfrentar las consecuencias de sus decisiones pasadas es una señal de una falta de liderazgo que podría costar muy caro en el futuro. A medida que Europa navega por estas aguas turbulentas, el desafío se centrará en cómo reconstruir su identidad y fortaleza política frente a una realidad internacional que ha cambiado drásticamente. Los pueblos europeos deben replantearse su lugar en el mundo y trabajar hacia una mayor autonomía, tanto económica como política, para evitar caer nuevamente en las garras de una dependencia que los ha dejado en una posición vulnerable y desventajosa. La historia no solo es un relato del pasado, sino que también es una lección para el presente y el futuro. En un momento en que Europa debe redefinir su papel en un mundo multipolar, la reflexión sobre sus propias decisiones históricas se vuelve no solo pertinente, sino esencial. Solo a través de una reevaluación honesta de su legado y su lugar en el orden mundial podrá Europa aspirar a un futuro más equitativo y soberano, lejos de ser un mero apéndice de la riqueza estadounidense.