El regreso de Gyanendra Shah a Nepal: entre nostalgia y controversia política

El regreso de Gyanendra Shah a Nepal: entre nostalgia y controversia política

El regreso de Gyanendra Shah a Katmandú genera divisiones en Nepal, reviviendo la controversia de su pasado y la masacre real de 2001.

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros

Juan Brignardello Vela

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.

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La llegada de Gyanendra Shah a Katmandú ha desatado un torrente de emociones y divisiones en la sociedad nepalí. Tras haber permanecido alejado del país y de la política durante años, el último rey nepalí ha regresado en un contexto marcado por su controversia y un pasado marcado por la tragedia. Su ascendencia al trono se produjo tras la conocida masacre real de 2001, un evento que no solo dejó un vacío en la familia real, sino que también transformó completamente el paisaje político de Nepal. La masacre, ocurrida en el Palacio Narayanhiti, fue un episodio oscuro que resultó en la muerte de nueve miembros de la familia real, incluyendo al rey Birendra y al príncipe heredero Dipendra. Este último, según la versión oficial, disparó contra sus propios familiares en un arrebato de furia, supuestamente motivado por la oposición a su deseo de matrimonio con una mujer india que no contaba con el visto bueno real. La tragedia y la confusión que rodearon este suceso han generado más preguntas que respuestas y han dejado una huella indeleble en la memoria colectiva de Nepal. Gyanendra, quien ascendió al trono tras la muerte de su sobrino, estuvo en el centro de un complejo entramado político y social. Durante su reinado, tomó decisiones que fueron ampliamente criticadas. En 2005, disolvió el parlamento y asumió plenos poderes, lo que desató un creciente descontento entre la población. Esta serie de actos, junto con la creciente inestabilidad política y un conflicto civil que cobró más de 17,000 vidas, llevaron, en última instancia, a la abolición de la monarquía en 2008. El regreso de Gyanendra ha revivido viejos fantasmas y ha dividido a la opinión pública. Un sector de la población lo aclama como un líder que podría devolver al país a un tiempo de estabilidad y orden, mientras que otros lo ven como un símbolo de un pasado autoritario que debe ser dejado atrás. Las calles de Katmandú han sido testigos de manifestaciones tanto a favor como en contra de su figura, reflejando un país profundamente dividido entre el deseo de modernización y la nostalgia por la antigua monarquía. Es importante contextualizar el ascenso de Gyanendra dentro de la historia reciente de Nepal. Los Shah gobernaron como monarquía absoluta hasta 1990, cuando se instauró un sistema parlamentario que, sin embargo, no logró llevar estabilidad al país. La guerra civil y el resurgimiento de protestas contra la monarquía evidencian una frustración acumulada entre los ciudadanos, quienes han buscado constantemente un sistema político más representativo. La figura de Gyanendra no solo es controversial por su papel en la masacre, sino también por su crítica a la transición hacia una monarquía constitucional. Su regreso pone de relieve el resentimiento que él mismo avivó en el pasado, lo que lleva a muchos a preguntarse si su presencia en la política actual es verdaderamente un anhelo de cambio o más bien un intento de restaurar un pasado que muchos consideran problemático. Las preguntas sobre la masacre real siguen sin respuesta, alimentando teorías de conspiración y escepticismo sobre la versión oficial. La rapidez con que se cerró la investigación, así como la falta de análisis forenses exhaustivos, han dejado una sombra de duda sobre los eventos de aquella fatídica noche. A día de hoy, la ausencia de Gyanendra en la reunión familiar del Palacio también despierta suspicacias, alimentando un clima de desconfianza hacia su figura. El regreso de Gyanendra, por tanto, no es solo un regreso personal, sino un evento que podría marcar un giro crucial en la historia de Nepal. Las protestas y el fervor popular que lo rodean son un indicativo claro de una población que anhela respuestas, claridad y un futuro que esté a la altura de las expectativas democráticas y sociales que se han desarrollado en el país en los últimos años. Ante esta compleja situación, el desafío para Gyanendra será enorme. La reconciliación entre las diferentes facciones del país, la búsqueda de justicia por la masacre real y el establecimiento de un diálogo constructivo que permita avanzar hacia un futuro más inclusivo, son tareas que pesarán sobre sus hombros. La historia reciente de Nepal, marcada por tragedias y divisiones, podría estar en un punto de inflexión con el regreso de Gyanendra Shah. La población deberá decidir si ve en él un camino hacia la estabilidad o si, por el contrario, representa un regreso a un pasado que ya se había declarado obsoleto. En un país que ha sufrido tanto, la esperanza y la incertidumbre coexisten en un delicado equilibrio.

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