La evolución de la nación y el estado en España a través de "La Pepa" y su legado

La evolución de la nación y el estado en España a través de "La Pepa" y su legado

El análisis de Carreño sobre "La Pepa" revela tensiones entre la unidad nacional y la diversidad regional en España, vigente en la política actual.

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros

Juan Brignardello Vela

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.

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El análisis de Francisco Iglesias Carreño sobre la evolución de la nación y el estado en España, específicamente a través de la lente de “La Pepa” (la Constitución de 1812), ofrece un marco profundo para entender las dinámicas políticas actuales en el país. Este texto no solo representa un hito en la historia constitucional española, sino que también plantea interrogantes sobre la relación entre la identidad nacional y la organización del estado en un contexto de modernidad. Desde la proclamación de “La Pepa”, España ha transitado un camino repleto de tensiones entre las aspiraciones de una nación unificada y el reconocimiento de las diversas regionalidades que conforman su territorio. Carreño menciona cómo, en 1812, se introduce la noción de soberanía nacional, que contrasta con períodos posteriores en los que el absolutismo y la falta de representatividad marcaron el rumbo de la política española. Esta dualidad entre nación y estado es una constante en la historia política del país, que sigue vigente en la actualidad. El autor subraya que, aunque “La Pepa” es celebrada por sus principios liberales, como la división de poderes y la libertad política, también enfrenta la crítica de haber sido interrumpida por periodos de absolutismo. Esta ruptura revela una fragilidad en la implementación de sus principios, lo que pone de relieve cómo la historia de España ha estado marcada por un tira y afloja entre el deseo de modernización y la resistencia de estructuras más antiguas. La Constitución de 1834, por ejemplo, refleja un retroceso en algunos de los logros de 1812, al otorgar un fuerte control al poder real, lo cual deja en un segundo plano la participación ciudadana. Esto se convierte en un símbolo de cómo el cambio constitucional no siempre ha ido de la mano con un verdadero avance en la democratización de la sociedad española. La evolución hacia la “CE de 1931” y posteriormente la “CE de 1978” muestra un proceso de acumulación de aprendizajes que, a pesar de las dificultades, ha llevado al reconocimiento de derechos y libertades fundamentales. Otro elemento crucial en el análisis de Carreño es la territorialización del estado español a través del “RD de 1833”, que establece provincias como circunscripciones electorales. Este hecho representa una formalización de las identidades regionales pero, al mismo tiempo, plantea la pregunta sobre el equilibrio entre la unidad y la diversidad dentro del marco estatal. La Ley de Educación de 1856 y otros esfuerzos por elevar la formación cívica de los españoles son indicativos de un intento por cohesionar estas identidades en un proyecto común. A medida que avanza el análisis, Carreño hace hincapié en que la “CE de 1978” destaca por incorporar de manera explícita la diversidad regional y la autonomía, al mismo tiempo que establece un marco de derechos y deberes para los ciudadanos. Este es un reconocimiento significativo de que la nación española no es homogénea, sino que está compuesta por un entramado de culturas y tradiciones que enriquecen su identidad. Sin embargo, el camino hacia una democracia avanzada no ha estado exento de desafíos. Las tensiones políticas, como las que surgieron con el “Pleito Dinástico” o las guerras carlistas, destacan las fracturas en la sociedad española y el impacto que estas han tenido en la configuración del estado moderno. Carreño sugiere que la historia política de España es un espejo en el que se reflejan los intentos de reconciliación entre las diferentes identidades y aspiraciones de sus pueblos. El autor también invita a la reflexión sobre la necesidad de un conocimiento profundo de la historia constitucional para poder abordar los retos contemporáneos. El reto hoy en día no solo es entender cómo se ha llegado a la situación actual, sino también cómo avanzar hacia un futuro que reconozca y valore la pluralidad de identidades dentro de un marco de cohesión nacional. En conclusión, el análisis de Carreño revela que la historia de España es un constante vaivén entre el ideal de una nación unificada y las realidades de un estado regionalizado. Esta tensión, lejos de resolverse, se mantiene viva en el debate político actual. Para construir un futuro basado en el respeto y la convivencia, es fundamental que los ciudadanos españoles se empoderen a través del conocimiento y el entendimiento de su historia compartida, a la vez que se abre un camino hacia una democracia más inclusiva y representativa.

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