
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




Marina, una mujer de 41 años, evoca con nostalgia y pesar una obsesión que marcó su adolescencia: el afilado hueso de la cadera, un símbolo de belleza que definió a toda una generación de millennials a finales del siglo XX. Su relato se convierte en un espejo que refleja las luchas internas de muchas mujeres que crecieron en un entorno cultural en el que la delgadez extrema era sinónimo de estatus y éxito. Mientras las pasarelas mostraban modelos esqueléticas y las revistas reforzaban un ideal inalcanzable, las adolescentes se debatían entre la aceptación y la autoexigencia, convencidas de que la delgadez era la única forma de ser deseadas. Las imágenes de esa época, donde se glorificaba la delgadez extrema, han dejado una huella imborrable en la psique colectiva. Celebridades como Victoria Beckham y figuras de la cultura pop como las hermanas Olsen representaban un ideal que, aunque aspiracional, se tornaba tóxico. Las niñas y jóvenes de entonces crecieron alimentadas por un mensaje claro: la apariencia era lo más importante, y cualquier imperfección debía ser ocultada a toda costa. La presión por encajar en esos estándares fue una constante, y las consecuencias, en forma de trastornos alimentarios y problemas de autoestima, se convirtieron en parte de la realidad de muchas. Hoy, las nuevas generaciones, la Z y la Alpha, parecen haber heredado esta obsesión, aunque han cambiado los parámetros. Si antes el objetivo era alcanzar un cuerpo delgado, ahora la atención se centra en la perfección de la piel. La cultura del "body positivity" ha intentado desafiar estos estándares, promoviendo la aceptación de todos los cuerpos, pero el mensaje aún lucha por calar hondo en la juventud. Los poros visibles, las arrugas y cualquier imperfección se convierten en un "pecado social", lo que genera una nueva ola de ansiedad entre los jóvenes que buscan una piel inmaculada como la que ven en las redes sociales. El fenómeno de las "Sephora Kids", un grupo creciente de preadolescentes que ya pasan sus horas en tiendas de cosméticos, es testimonio de este cambio de enfoque. Desde temprana edad, estas niñas se ven inmersas en el mundo del cuidado de la piel y el maquillaje, siguiendo rutinas complejas que buscan replicar los estándares inalcanzables establecidos por influencers en plataformas como TikTok. Lo que estas jóvenes no comprenden es que, al igual que sus predecesoras no lograron alcanzar el ideal de delgadez, ellas probablemente también enfrentan un camino lleno de frustraciones en su búsqueda de esa piel perfecta. El director de la Escuela de Moda del IED Madrid, Federico Antelo, señala que cada época tiene su propio "sismo estético". En los años 2000, la delgadez era un símbolo de cambio, pero hoy la obsesión por la piel refleja otra transformación cultural. La presión social se ha vuelto más insidiosa, y aunque el mensaje puede haber cambiado, la esencia de la insatisfacción permanece. La piel, que debería ser nuestro fiel reflejo, se convierte en un campo de batalla donde se libran guerras invisibles por cumplir con un ideal estético cada vez más exigente. La psicóloga clínica Ana Kovacs añade que las creencias sobre la alimentación y la imagen corporal se convierten en discursos sociales que, a su vez, definen identidades y marcan generaciones. A medida que las mujeres jóvenes luchan por aceptarse tal cual son, se ven atrapadas en un ciclo que perpetúa la insatisfacción y la falta de autoestima. La presión por lucir impecables no solo afecta a su bienestar psicológico, sino que también se convierte en un motor para la industria de la belleza, que encuentra en la inseguridad de las personas su mayor fuente de ingresos. Los especialistas en dermatología también han notado un incremento en los problemas cutáneos asociados al uso excesivo y prematuro de productos de belleza en adolescentes. Niñas que antes solo se preocupaban por su apariencia física ahora enfrentan irritaciones, acné y dermatitis como consecuencia de seguir rituales de cuidado de la piel excesivos y, en muchas ocasiones, innecesarios. La falta de información adecuada sobre el cuidado de la piel en estas edades es alarmante, y se hace evidente que muchos de esos productos no están diseñados para ser usados por menores de edad. Las consecuencias de esta presión estética van más allá del aspecto físico, afectando la salud mental de los jóvenes. La búsqueda constante de una piel perfecta puede convertirse en una carga emocional difícil de soportar. Las redes sociales, que en teoría deberían promover la diversidad y la aceptación, a menudo refuerzan los ideales de belleza más restringidos y dañinos, dejando a los jóvenes en un estado de comparación perpetua. En este contexto, es vital cuestionar el papel de la industria de la belleza y la responsabilidad que tiene en la formación de estos estándares. A medida que el mercado del skincare sigue creciendo, con ingresos que alcanzan cifras astronómicas, se hace necesario replantear la manera en que se educa a las nuevas generaciones sobre el cuidado personal y la autoestima. El reto es crear un entorno donde la aceptación de uno mismo no dependa de la apariencia física, y donde la salud mental sea prioritaria sobre el cumplimiento de ideales superficiales. El camino hacia la aceptación y la salud integral es complejo y requiere un esfuerzo colectivo. Tal vez sea hora de reimaginar un futuro en el cual las generaciones venideras no tengan que lidiar con la presión de cumplir con estándares imposibles, sino que puedan crecer en un mundo que celebre la autenticidad y la diversidad, tanto en cuerpos como en pieles.