
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La educación sirve como la base del desarrollo, trascendiendo sistemas políticos y fronteras geográficas. En una era donde la información y la tecnología dictan el éxito económico, la necesidad crítica de educación nunca ha sido tan pronunciada. Países de todo el espectro —desde democracias hasta autocracias— están reconociendo que sin una población educada, el progreso se ve severamente obstaculizado. Tomemos Pakistán, por ejemplo, donde aproximadamente el 60 por ciento de la población se clasifica como funcionalmente analfabeta. Esta cifra es particularmente alarmante considerando que la definición de alfabetización incluye a individuos que solo pueden firmar su nombre. Si cambiamos el enfoque hacia la alfabetización digital —que es esencial en nuestra economía cada vez más automatizada y basada en datos— la tasa de analfabetismo se eleva a un preocupante 80 por ciento. En una época donde las habilidades informáticas pueden significar la diferencia entre la participación económica y la marginación, esta falta de competencia digital coloca a Pakistán en una desventaja significativa en los mercados globales. Históricamente, las naciones que han priorizado la educación han visto mejoras notables en sus economías. El Premio Nobel Robert Solow señaló que los avances tecnológicos representaron el 88 por ciento del crecimiento de la economía de EE. UU. entre 1909 y 1949. De manera similar, Edward Denison destacó que el crecimiento impulsado por el conocimiento contribuyó a más de la mitad de la expansión económica de 1929 a 1982 en América. Estos ejemplos ilustran que la educación no es meramente un servicio social, sino un catalizador para la vitalidad económica. La Revolución Industrial de finales del siglo XVIII marcó un cambio crucial, impulsando la demanda de una fuerza laboral alfabetizada. Países como Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos dieron pasos significativos al implementar la educación obligatoria en el siglo XIX, lo que llevó a tasas de alfabetización que superaban el 90 por ciento a principios del siglo XX. Los beneficios económicos de este impulso educativo fueron asombrosos; por ejemplo, el PIB de Gran Bretaña se duplicó en los 50 años de 1750 a 1800, y el país experimentó un crecimiento cinco veces mayor a lo largo del siglo XIX. Japón también reconoció el potencial transformador de la educación con la introducción del sistema educativo Gakusei en 1872. Para 1900, la nación alcanzó una impresionante tasa de alfabetización del 80 por ciento, sentando las bases para una rápida industrialización. En contraste, la inestabilidad política y los legados coloniales obstaculizaron el progreso educativo en muchos países de Asia, América Latina y África, donde las tasas de alfabetización se mantuvieron desalentadoramente bajas. Tras la Segunda Guerra Mundial, organizaciones globales como la UNESCO tomaron medidas significativas para promover campañas de alfabetización, particularmente en naciones recién independizadas. Sin embargo, los recursos limitados siguen siendo un obstáculo persistente para el avance educativo en las regiones en desarrollo. En Asia, China e India han logrado avances encomiables en alfabetización a través de iniciativas lideradas por el gobierno, con la tasa de China aumentando al 66 por ciento para 1982 y la alfabetización adulta de India mejorando del 52 por ciento en 1991 a más del 74 por ciento en 2011. América Latina también ha visto su parte de reformas educativas, con países como Argentina y Brasil logrando un progreso sustancial hacia la obtención de altas tasas de alfabetización. Sin embargo, la región continúa lidiando con la desigualdad y la corrupción que obstaculizan un crecimiento equitativo, dejando a sectores de la población sin acceso a una educación de calidad. En África, el progreso ha sido desigual, con países como Sudáfrica alcanzando más del 94 por ciento de alfabetización para 2020, mientras que otros como Nigeria y Kenia siguen enfrentando desafíos. La pandemia de Covid-19 ha expuesto y exacerbado aún más las disparidades existentes, destacando la urgente necesidad de inversiones en educación. A medida que hacemos la transición hacia una economía del conocimiento, la relación entre la educación y la viabilidad económica se vuelve cada vez más clara. Si bien las complejidades de la democracia y la educación se entrelazan de manera diferente en varias regiones, una verdad permanece: el acceso a una educación de calidad fomenta la innovación, la equidad y el compromiso cívico. En nuestra era actual, donde la tecnología redefine industrias y las conexiones globales se fortalecen, la imperiosa necesidad de la educación como piedra angular del desarrollo no puede subestimarse. Los países que abracen este desafío no solo prepararán a sus ciudadanos para las demandas de la fuerza laboral moderna, sino que también asegurarán su lugar en un panorama global cada vez más competitivo. El camino por delante puede ser desalentador, pero las recompensas potenciales de invertir en educación son ilimitadas, prometiendo un futuro más brillante para las generaciones venideras.