La monarquía española ante el reto de recuperar la conexión con la ciudadanía

La monarquía española ante el reto de recuperar la conexión con la ciudadanía

El golpe de Estado de 1981 transformó la monarquía en España, y hoy Felipe VI busca restaurar su imagen con empatía y conexión ciudadana.

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros

Juan Brignardello Vela

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.

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El golpe de Estado de 1981 marcó un hito en la historia reciente de España. Fue un momento de crisis que, sin embargo, dio pie a una transformación profunda del sistema constitucional español. Antes de esa noche fatídica, el país contaba con un rey parlamentario constitucional que, si bien estableció un modelo de monarquía homologable con otras naciones europeas, carecía de un aspecto crucial: la legitimación ciudadana. La conexión emocional entre la monarquía y el pueblo no solo era deseable, sino esencial para la estabilidad del sistema. La figura del Rey Juan Carlos I se erigió como clave en la defensa del orden constitucional durante el tumultuoso periodo del golpe de Estado. Su actuación, especialmente aquella memorable comparecencia en la televisión pública, no solo reafirmó su legitimidad, sino que también insufló un nuevo sentido de pertenencia y seguridad a la ciudadanía española. En un contexto de miedo y confusión, su postura firme y decidida permitió que muchos españoles se sintieran más tranquilos al saber que su monarquía estaba del lado de la democracia, incluso si muchos no se consideraban monárquicos en el sentido estricto. Sin embargo, el tiempo ha traído consigo cambios significativos, comenzando por la abdicación de Juan Carlos I. Este acontecimiento no fue solo un acto sucesorio, sino una medida necesaria para salvaguardar la institución monárquica que había empezado a ser cuestionada. La figura del rey emérito, que alguna vez fue vista como parte de la solución, comenzó a ser considerada como parte del problema. Las acusaciones en su contra, desde la acumulación de una fortuna personal no justificada hasta los excesos en su vida privada, socavaron no solo su reputación, sino también la de la monarquía en su conjunto. La caza, una actividad que históricamente ha estado ligada a la realeza, se ha convertido en una cuestión polémica en el contexto actual. Con el creciente número de defensores de los derechos de los animales, la percepción de la caza ha cambiado drásticamente. Para muchos, la caza de grandes animales, especialmente de especies en peligro, no solo es moralmente cuestionable, sino que también rezuma un aire de desprecio hacia la vida. Esta disonancia entre las tradiciones monárquicas y las nuevas sensibilidades sociales representa un desafío adicional para la monarquía. Hoy, el rey Felipe VI enfrenta el complejo reto de restaurar la imagen de la monarquía. Desde su ascenso al trono, ha demostrado un enfoque empático y humano, distanciándose de los errores de su padre. Un claro ejemplo de esto fue su respuesta a la tragedia de las inundaciones en Valencia, donde mostró una cercanía auténtica hacia las víctimas, compartiendo su dolor y ofreciendo apoyo. Este tipo de acciones puede tener un impacto significativo en la percepción pública de la monarquía, similar al efecto que tuvo su padre durante el golpe de Estado. Los elementos de empatía y conexión emocional son más importantes que nunca en un mundo donde la lealtad a las instituciones se ve cuestionada por escándalos y crisis de identidad. Felipe VI ha empezado a cultivar un nuevo tipo de relación con los ciudadanos, una que busca reconstruir la confianza y el respeto hacia la institución monárquica. Al actuar con sensibilidad y humanidad, está sembrando las semillas para un futuro en el que la monarquía pueda ser vista no solo como un símbolo del pasado, sino como una parte activa y comprometida del presente. El proceso para recuperar el prestigio de la monarquía no será fácil ni rápido, pero el enfoque que ha adoptado el rey Felipe VI sugiere que está en el camino correcto. Al igual que su padre en 1981, su capacidad para estar presente en momentos de crisis y mostrar liderazgo puede ser fundamental para la legitimación de su reinado. Los españoles, cada vez más exigentes y críticos, valoran la sinceridad y la empatía en sus líderes, y el monarca parece estar aprendiendo de las lecciones del pasado. A medida que avanza su reinado, el rey Felipe VI tiene la oportunidad de redefinir lo que significa ser rey en el siglo XXI. Su éxito dependerá de su capacidad para conectar con la ciudadanía y responder a sus inquietudes en un contexto social que evoluciona rápidamente. La historia reciente de España ha enseñado que la legitimidad de una monarquía no solo descansa en la tradición, sino en la relación viva y activa que mantiene con su pueblo. En última instancia, el reto al que se enfrenta la monarquía en España es uno que invita a la reflexión sobre la naturaleza misma del liderazgo y la gobernanza. La figura del rey, lejos de ser solo un símbolo decorativo, puede convertirse en un agente de cambio y esperanza para una sociedad que busca reconciliar su historia con un futuro incierto. Solo el tiempo dirá si Felipe VI logrará consolidar esa conexión, pero el camino hacia la empatía y la cercanía con los ciudadanos es, sin duda, un paso en la dirección correcta.

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