
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




El 28 de enero de 1930, España se encontraba en un punto de inflexión crucial en su historia política. La dimisión del teniente general Miguel Primo de Rivera, tras años de una dictadura que había dejado profundas huellas en la sociedad, puso al rey Alfonso XIII en una encrucijada. Ante él se presentaban tres posibles caminos, cada uno con sus implicaciones y riesgos. La opción elegida, nombrar al general Dámaso Berenguer como presidente del Consejo de Ministros, resultaría ser un movimiento que, en retrospectiva, sería visto como un intento fallido de restaurar la normalidad constitucional. Berenguer, quien había sido el jefe de la Casa Militar del rey, se presentó como un líder esperanzador, prometiendo un regreso a la democracia. Sin embargo, su falta de habilidades políticas y el desprestigio que arrastraba por su papel en el desastre de Annual en 1921, lo convirtieron en una figura poco adecuada para guiar al país en un momento tan crítico. Mientras él intentaba llevar a cabo su programa de gobierno, los viejos líderes liberales y conservadores, resentidos por la dictadura, se negaron a apoyarlo, dejando a su gabinete aislado y sin el respaldo necesario para avanzar. El término "dictablanda" acuñado por la prensa para describir su gobierno reflejaba la percepción pública de un régimen que se mostraba incapaz de abordar los problemas urgentes de la nación. Berenguer se encontraba ante una economía en crisis y un descontento social creciente, pero sus políticas no lograron responder a las expectativas de la ciudadanía. En su lugar, sus decisiones deflacionistas acentuaron la recesión económica, lo que resultó en una mayor insatisfacción popular. A medida que se desarrollaba esta situación, la oposición comenzó a reorganizarse. Viejos políticos monárquicos se declararon republicanos, fundando el partido Derecha Liberal Republicana, mientras que alianzas más amplias, como la Alianza Republicana, comenzaron a tomar forma. Las organizaciones nacionalistas también se sumaron al clamor por un cambio de régimen, especialmente en Cataluña y Galicia, donde la esperanza de autonomía se mezclaba con el deseo de una república. El republicanismo ganó fuerza incluso en el propio Ejército, llevando a un histórico encuentro en San Sebastián en agosto de 1930, donde se formó un comité revolucionario que planeaba un levantamiento contra la monarquía. Esta actividad política subterránea culminó en un intento de sublevación en diciembre, que aunque fracasó, fue un claro indicativo del clima de insurrección que se palpaba en el aire. Uno de los momentos más críticos llegó cuando el gobierno de Berenguer decidió fusilar a los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, quienes habían intentado un levantamiento en Jaca. Este acto, lejos de aplacar el descontento, avivó aún más la llama de la revolución. La muerte de estos capitanes se convirtió en un símbolo de la lucha contra la opresión monárquica, y muchos comenzaron a ver en su sacrificio la necesidad de acabar con el régimen existente. El descontento social se manifestó en las calles y en las universidades, donde los estudiantes se movilizaron en apoyo a los condenados y en contra de la dictadura. Ante este panorama de creciente tensión, figuras intelectuales como José Ortega y Gasset comenzaron a abogar públicamente por la república, intensificando la presión sobre un régimen ya debilitado. Con el desmoronamiento del gobierno de Berenguer, se hizo evidente que el camino hacia la restauración de la monarquía era cada vez más incierto. La dimisión de Berenguer en febrero de 1931 marcó el inicio de una nueva etapa para Alfonso XIII, quien intentó formar un gobierno de coalición con antiguos políticos, pero su estrategia fue desbordada por el avance de las fuerzas republicanas. Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 se convirtieron en un plebiscito de facto sobre la continuidad de la monarquía. A pesar de que los monárquicos lograron obtener más concejales, la contundente victoria de la Conjunción Republicano-Socialista en las capitales de provincia dejó al gobierno sin aliento y desmoralizado. Finalmente, el rey Alfonso XIII, enfrentado a la creciente presión popular y la falta de apoyo militar, tomó la decisión de abandonar el país. El 14 de abril de 1931, mientras las proclamaciones de la Segunda República resonaban en toda España, Alfonso XIII partía en un barco hacia el exilio, marcando un final dramático para una era y el inicio de una nueva etapa en la historia del país. Así, la "dictablanda" de Berenguer no solo se llevó por delante a un gobierno, sino que también arrastró consigo a una monarquía que ya no podía sostenerse en pie.