
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La reciente polémica generada en torno al gobierno de Javier Milei ha puesto en el centro del debate la capacidad de los liberales para reconciliar su ideología con los principios de inclusión y respeto por las libertades civiles. Tras el discurso del presidente en Davos y la masiva marcha del pasado sábado por parte de la comunidad LGBT, se ha intensificado la discusión sobre si es posible apoyar las medidas económicas del gobierno mientras se rechazan sus posturas sobre temas sociales que muchos consideran regidas por el odio y la exclusión. Históricamente, el liberalismo ha sido un movimiento revolucionario que buscó la libertad individual y la defensa de las libertades civiles, erigiéndose contra el autoritarismo de las monarquías absolutas. Sin embargo, la actual administración parece estar tomando un rumbo que contradice estos principios fundamentales. No es solo una cuestión de políticas económicas, sino que también se trata de un modelo de sociedad que promueve la división y la denigración de ciertos grupos sociales. El liberalismo, en su esencia, aboga por la menor intervención estatal en la vida de los ciudadanos, tanto en el ámbito económico como en el social. Sin embargo, la retórica de Milei refleja una búsqueda de control que va más allá de la economía. En sus recientes declaraciones, ha atacado frontalmente a la comunidad LGBT y a quienes defienden los derechos de género, utilizando argumentos que han sido desmentidos por expertos en la materia. El discurso que Milei ofreció en Davos ha sido interpretado por muchos como un claro indicativo de su postura hacia las libertades civiles. Sus afirmaciones sobre la "ideología de género", que vinculan erróneamente a la comunidad LGBT con la pedofilia, reflejan una mentalidad de desprecio y una falta de comprensión que resultan preocupantes para quienes se identifican con la tradición liberal. Esta agenda de odio se aleja de los valores de respeto y diversidad que el liberalismo defiende. Además, el ataque constante a la prensa y la presión ejercida sobre periodistas críticos del gobierno han suscitado alarmas sobre la salud de la democracia en Argentina. La libertad de expresión, un pilar fundamental del liberalismo, se encuentra bajo amenaza, y esto plantea serias preguntas sobre el futuro del país y la dirección en que se encuentra su liderazgo. La dicotomía entre el apoyo a la política económica de Milei y la oposición a su agenda cultural no es nueva, y ha tenido precedentes trágicos en la historia argentina. Durante la dictadura militar, muchos liberales justificaron el apoyo a un régimen autoritario por sus políticas económicas, solo para darse cuenta, en retrospectiva, de que esta relación era insostenible y destructiva. La historia parece advertirnos sobre los peligros de disociar las políticas económicas de las sociales. Desde diferentes sectores, se ha planteado que no se puede aceptar un "combo" en el que se acoja la política económica mientras se rechazan las ideas que promueven la exclusión y el desprecio. Es fundamental que el liberalismo actual reflexione sobre el tipo de sociedad que desea construir y que no permita que la frustración social se canalice hacia grupos minoritarios vulnerables. Hay quienes, como el politólogo Andrés Malamud, sugieren que el cambio en Milei va más allá de lo económico y se orienta hacia un populismo de derecha. Este fenómeno es preocupante, ya que amenaza con socavar los principios que han guiado el liberalismo a lo largo de la historia, transformándolo en un modelo que podría ser más autoritario que inclusivo. La pregunta que queda en el aire es si Milei se acercará a un modelo que promueva la libertad económica y la inclusión social o si, por el contrario, se alejará cada vez más de estos principios, optando por una agenda de exclusión que perjudica a sectores ya marginados de la sociedad. ¿Es posible, entonces, seguir apoyando un gobierno que, aunque implemente políticas económicas que se consideran liberales, despliega una agenda cultural que niega la dignidad de las minorías? En resumen, el desafío para los liberales en Argentina es discernir cuáles son las verdaderas prioridades en este contexto. La historia ha mostrado que la economía y la cultura no pueden ser vistas como esferas separadas; lo que está en juego es el futuro de una sociedad que debe ser inclusiva y respetuosa de las diferencias. Las decisiones y posturas actuales definirán no solo el rumbo económico del país, sino también su calidad democrática y social en los años venideros.