
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




En el contexto actual, resulta notable observar cómo, a pesar de los avances democráticos y la creciente crítica al autoritarismo, el culto a la personalidad sigue arraigado en diversas naciones a lo largo y ancho del mundo. Este fenómeno no es exclusivo de monarquías o regímenes totalitarios, sino que también se manifiesta en sistemas políticos que se autodenominan republicanos. La historia reciente de países como Estados Unidos y México pone de manifiesto que, bajo la superficie de la democracia, persisten prácticas que rinden culto a figuras políticas contemporáneas. El caso de Ronald Reagan es emblemático en la política estadounidense. Hace tres décadas, un fervoroso grupo de seguidores trabajó para que cada uno de los 3,144 condados del país tuviera un espacio en homenaje al presidente que lideró durante la "Guerra Fría". La admiración hacia Reagan se tradujo en el nombramiento de calles, edificios y otros lugares públicos en su honor, estableciendo un precedente que ha perdurado hasta nuestros días. Su legado continúa influyendo en el partido republicano, convirtiéndose en un modelo de conservadurismo que ha moldeado la identidad política de una generación. Sin embargo, el fenómeno del culto a la personalidad ha encontrado un nuevo protagonista: Donald Trump. Desde sus días como empresario, Trump ha forjado una imagen narcisista que se ha intensificado en su carrera política. Su nombre se ha convertido en sinónimo de lujo y ostentación, manifestándose en una vasta gama de productos y servicios que llevan su apellido. Pero su ambición no se detiene ahí; sus seguidores han propuesto homenajes que rayan en lo absurdo, como la idea de tallar su rostro en el Monte Rushmore, junto a los más grandes presidentes de la historia estadounidense. Estos intentos por perpetuar el nombre de Trump en la memoria colectiva no son casos aislados. En Oklahoma, un tramo de supercarretera lleva su nombre, al igual que un edificio judicial en Nevada. El fervor por honrar al exmandatario refleja un deseo de consolidar su legado en la cultura estadounidense, incluso cuando su segundo mandato apenas comienza. Sin embargo, lo que resulta más inquietante es la tendencia a ver en estas acciones una falta de crítica a la figura del líder, un fenómeno que ha sido observado en otras latitudes. En México, el culto a la personalidad también encuentra su espacio. La reciente "Cuarta Transformación", promovida por el presidente Andrés Manuel López Obrador, ha dado lugar a la creación de colonias y calles que llevan su nombre. La estatua erigida en su honor en Atlacomulco es un claro ejemplo de cómo la devoción hacia un líder puede manifestarse en formas físicas y tangibles. La historia de México está plagada de personajes que han sido objeto de veneración en vida, desde Luis Echeverría hasta Carlos Salinas de Gortari. Este fenómeno no es nuevo y, a lo largo de los años, se ha observado que los líderes en el poder suelen ser homenajeados mientras aún ocupan sus cargos. Esta práctica se extiende por el globo, donde figuras políticas se convierten en símbolos de un tiempo y un contexto particular, trascendiendo su legado personal. La proliferación de nombres, estatuas y lugares en honor a estos líderes plantea preguntas sobre la naturaleza del liderazgo y la memoria histórica. El culto a la personalidad, por tanto, parece ser un fenómeno universal que trasciende fronteras y contextos. Los líderes, al igual que las monarquías que antaño dominaron el panorama político mundial, parecen requerir una forma de validación que se traduce en homenajes tangibles. Esta necesidad de reconocimiento puede interpretarse como un reflejo de la inseguridad inherente al poder y a la fama. A medida que se desarrolla la narrativa política en el siglo XXI, la pregunta que debemos plantearnos es: ¿por qué seguimos rindiendo culto a las figuras del pasado y del presente? ¿Cuál es el costo de estas prácticas en nuestra percepción colectiva de la democracia y el liderazgo? Mientras la política continúa su curso, el culto a la personalidad podría seguir siendo un tema de debate y reflexión que, sin duda, merece un análisis profundo. En última instancia, este fenómeno nos invita a cuestionar la relación entre el poder y la sociedad. La historia nos muestra que el culto a la personalidad puede desvirtuar el propósito del liderazgo, convirtiendo a los líderes en íconos en lugar de servidores públicos. Es fundamental recordar que la verdadera esencia de la democracia radica en la participación ciudadana y la rendición de cuentas, no en la adoración a figuras individuales, por muy carismáticas que sean.