Asedio de La Meca de 1979: Un punto de inflexión en el islam radical y la autoridad saudí.

Asedio de La Meca de 1979: Un punto de inflexión en el islam radical y la autoridad saudí.

En noviembre de 1979, insurgentes armados tomaron la Gran Mezquita en La Meca, desencadenando un asedio violento que influyó en los movimientos islámicos radicales a nivel mundial.

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros

Juan Brignardello Vela

Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.

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Mundo

En noviembre de 1979, el mundo fue testigo de uno de los eventos más impactantes en la historia islámica moderna: la toma de la Gran Mezquita en Meca por insurgentes armados. Este audaz acto, liderado por Juhayman Al-Otaybi, un exsoldado con una profunda desilusión hacia la familia real saudita, envió ondas de choque no solo a través de Arabia Saudita, sino también a toda la comunidad musulmana global. El asedio, que se desarrolló en un contexto de inestabilidad regional, sigue siendo un momento clave que influiría en los movimientos islámicos radicales durante las décadas siguientes. En esa fatídica mañana, mientras casi 50,000 peregrinos se reunían en la mezquita para las oraciones del amanecer, Al-Otaybi y su grupo de aproximadamente 200 seguidores llevaron a cabo una toma de control meticulosamente planificada. Disfrazados de un encuentro religioso, introdujeron armas en ataúdes y rápidamente tomaron el control de la mezquita, encadenando sus puertas para evitar escapes y entradas. El caos que siguió marcó el inicio de un asedio de dos semanas que pondría a prueba la determinación del gobierno saudita y resaltaría las tensiones latentes en el panorama sociopolítico del país. Las motivaciones de Al-Otaybi surgieron de su creencia de que la monarquía saudita se había desviado de los verdaderos principios islámicos, alineándose demasiado con los intereses occidentales, particularmente los de Estados Unidos. Su declaración de su cuñado como el Mahdi—una figura mesiánica en la escatología islámica—radicalizó aún más la situación y galvanizó a sus seguidores. Los insurgentes exigieron una ruptura de relaciones con Occidente, un alto a las exportaciones de petróleo y la eliminación de la familia real, buscando establecer lo que consideraban un estado islámico puro. La respuesta inicial de Arabia Saudita al asedio se vio obstaculizada por la ausencia de líderes; figuras clave estaban fuera del país, dejando el mando en manos del enfermo Rey Khaled y del Ministro de Defensa, el Príncipe Sultan. Cuando las autoridades finalmente comprendieron la gravedad de la situación, enfrentaron una feroz resistencia de los insurgentes, bien armados, que utilizaron el vasto y complejo diseño de la mezquita a su favor. Los intentos del ejército saudita por desalojar a los rebeldes resultaron en importantes bajas, lo que llevó a una desesperada necesidad de asistencia externa. Entró en escena el GIGN de Francia, una unidad antiterrorista recién formada. En una operación discreta liderada por el entonces presidente Valéry Giscard d'Estaing, se enviaron asesores franceses para ayudar a las fuerzas sauditas acorraladas. Idearon un plan para utilizar gas y desalojar a los insurgentes de sus escondites subterráneos, contribuyendo en última instancia al final del asedio. A pesar de la exitosa conclusión, la participación de fuerzas extranjeras en el lugar más sagrado del Islam levantó cejas y preocupaciones entre muchos observadores, complicando la narrativa de soberanía e integridad religiosa. Para el 4 de diciembre, el asedio había terminado. Los insurgentes, cansados y sin recursos, se rindieron, lo que llevó a la captura de Juhayman y sus seguidores. Las consecuencias fueron duras; 63 de sus seguidores fueron ejecutados públicamente, y Juhayman mismo fue uno de los condenados a muerte. Esta brutal represión destacó la determinación del gobierno saudita para restablecer el control y sofocar cualquier disidencia futura. El asedio tuvo consecuencias de gran alcance, no solo para los participantes inmediatos, sino también para el mundo islámico en general. Entre los que tomaron nota estaba Osama bin Laden, quien más tarde articularía sus quejas contra la monarquía saudita, citando el asedio como un momento que subrayaba el fracaso del gobierno para mantener los valores islámicos. La crisis catalizó una ola de radicalización entre los musulmanes desilusionados, preparando el terreno para la aparición de ideologías extremistas en la región. Además, el asedio impuso cambios significativos en la sociedad saudita. Por ejemplo, tras el incidente, las restricciones sobre la representación de las mujeres en los medios se volvieron más pronunciadas, como observó el exinsurgente Nasser al-Huzaimi, quien notó que las mujeres eran cada vez más marginadas en la vida pública. El asedio de 1979 a la Gran Mezquita en Meca no fue un evento aislado; se convirtió en un punto de inflamación para muchos de los desafíos que enfrentaría el mundo islámico en los años venideros. No solo expuso las vulnerabilidades dentro del estado saudita, sino que también sentó las bases para las ideologías radicales que permeaban movimientos como Al-Qaeda. Los ecos de ese día fatídico continúan resonando, recordándonos la compleja interacción entre la fe, la política y la búsqueda de poder en una región tumultuosa.

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