
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La reciente disputa legal que involucra al Príncipe Laurent de Bélgica ha puesto de manifiesto no solo la demanda del príncipe por una pensión, sino también una indagación filosófica más amplia sobre la relevancia de las monarquías en nuestro mundo moderno. Como hermano menor del Rey Philippe, la solicitud del Príncipe Laurent de beneficios adicionales de seguridad social ha encendido un debate que va más allá de las asignaciones reales y desafía la misma esencia del poder hereditario. El Príncipe Laurent afirma que sus deberes reales—frecuentemente representados como inauguraciones, compromisos diplomáticos y funciones ceremoniales—deberían calificarlo para beneficios de seguridad social, similares a los disponibles para trabajadores autónomos. Su estipendio anual de 400,000 € que en gran parte se destina a salarios de personal y gastos reales, le deja un ingreso neto comparable al de muchos belgas promedio después de impuestos. El rechazo por parte del tribunal de su argumento de ‘trabajador autónomo’ no terminó la discusión; en cambio, provocó una propuesta para un esquema de pensión real dedicado, reclasificando al príncipe como un "super servidor público". Sin embargo, esta demanda y la posterior decisión han suscitado una pregunta fundamental: en una era donde la democracia y la igualdad son primordiales, ¿tienen aún las monarquías un lugar? Con 43 estados soberanos que cuentan con monarcas, la institución está bajo escrutinio más que nunca. El debate no se limita a Bélgica; el sentimiento público oscila salvajemente en todo el mundo. Por ejemplo, España ha sido testigo recientemente de protestas contra su familia real, mientras que algunos ciudadanos en Nepal abogan por la reinstauración de la monarquía, 17 años después de su abolición. Los opositores a las monarquías plantean preocupaciones válidas sobre cómo el poder heredado perpetúa las divisiones de clase y la desigualdad. La carga financiera sobre los contribuyentes también es un punto polémico, como lo demuestra la asombrosa cifra de 510 millones de libras gastadas por el Reino Unido en 2023-2024 para mantener a la familia real—una cifra que ha provocado indignación entre aquellos que cuestionan la justificación de tales gastos. Los críticos argumentan que una posición hereditaria en una sociedad democrática es antitética a sus principios. No obstante, vale la pena considerar el argumento de que las monarquías pueden servir una función estabilizadora en ciertos contextos. En naciones étnicamente diversas como Bélgica, la monarquía puede actuar como una fuerza unificadora, trascendiendo divisiones políticas. La evidencia de países como Camboya y Marruecos sugiere que la presencia de un monarca puede moderar las tendencias más extremas de las facciones políticas, lo que potencialmente conduce a una mayor estabilidad nacional. A la luz de estas discusiones, la situación del Príncipe Laurent podría ser menos sobre el derecho individual y más una reflexión sobre el papel en evolución de la realeza en la gobernanza moderna. La idea de tratar a los miembros de la realeza como servidores públicos, sujetos al mismo escrutinio y responsabilidad que los funcionarios electos, presenta una forma convincente de avanzar. Ejemplos de responsabilidad real, como la decisión del Parlamento belga de recortar la asignación del Príncipe Laurent en 2018 por comportamiento inapropiado, indican un cambio hacia la integración de los privilegios reales con las expectativas públicas. ¿Podría ser este el puente entre la antigüedad de las monarquías y los ideales democráticos de la gobernanza moderna? A medida que el debate continúa, el futuro de las familias reales puede depender de su capacidad para adaptarse a los valores contemporáneos mientras mantienen su significado histórico. En una época marcada por cambios rápidos y demandas sociales de transparencia e igualdad, la evolución de las monarquías podría determinar su destino en el siglo XXI.