
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




El sistema político estadounidense, alguna vez aclamado como un faro de democracia, se encuentra ahora en una encrucijada, enfrentando desafíos sin precedentes que amenazan su misma base. En medio de un paisaje socio-político en evolución, los ciudadanos están comenzando a aceptar una dura realidad: la república que Benjamin Franklin una vez les instó a preservar está tambaleándose peligrosamente cerca del colapso. Las raíces de esta crisis pueden rastrearse hasta una contradicción fundamental dentro del propio sistema: un choque entre el capitalismo y los ideales de cooperación y bienestar comunitario. El ethos estadounidense ha estado impregnado de individualismo, valorando a la persona que se forja a sí misma, que se levanta por sus propios medios. Sin embargo, esta glorificación del interés propio ha demostrado ser perjudicial para el tejido de la sociedad. Los principios del capitalismo, cuando se dejan sin control, fomentan la competencia y la avaricia, socavando la esencia misma de la comunidad y el apoyo mutuo necesarios para una sociedad saludable. Durante los últimos dos siglos, Estados Unidos ha soportado importantes conflictos internos, desde la Guerra Civil hasta las luchas en curso por la igualdad racial y de género. Sin embargo, al encontrarnos al borde de 2025, las fracturas dentro de la nación parecen más profundas que nunca. La asombrosa brecha de riqueza, con un pequeño porcentaje de estadounidenses acaparando una vasta mayoría de los recursos, habla del fracaso de un sistema que prioriza el beneficio sobre las personas. La participación cívica, que alguna vez fue una piedra angular de la democracia, ha disminuido alarmantemente, con la participación electoral oscilando alrededor del 50-60%. Este desapego refleja una desilusión con un sistema político que muchos perciben como incapaz de representar sus intereses o atender sus necesidades. Además, el sistema educativo, que alguna vez fue un pilar de la ciudadanía informada, está en desorden. Muchos estadounidenses, preocupados por la lucha diaria por la supervivencia, carecen del tiempo y los recursos para participar de manera significativa en la gobernanza o en el deber cívico. El resultado es una población cada vez más alienada del proceso democrático, transformando a los ciudadanos en consumidores pasivos en lugar de participantes activos en la conformación de su sociedad. A medida que el ámbito político se ve cada vez más dominado por figuras que encarnan los peores rasgos del capitalismo—egoístas, engañosas y ávidas de poder—surgen preguntas sobre el futuro de la gobernanza democrática en EE. UU. El ascenso de líderes como Donald Trump ejemplifica una tendencia preocupante en la que los principios del capitalismo, despojados de cualquier responsabilidad moral o social, conducen a la erosión de las normas democráticas. El atractivo de una figura autoritaria que promete restaurar el orden en un mundo caótico a menudo eclipsa la necesidad de un liderazgo colaborativo que respete la democracia y la inclusividad. El desafío ahora es redefinir lo que significa "mantener" la república. Esto requiere una reevaluación crítica de los valores que sustentan la sociedad estadounidense. La creencia arraigada en un capitalismo sin regulación debe ser abordada, ya que está inherentemente en desacuerdo con los valores comunitarios necesarios para la cohesión social. Si bien el socialismo a menudo ha sido mal caracterizado en el contexto estadounidense, la esencia de fomentar la responsabilidad social y el cuidado mutuo es crucial para construir un futuro sostenible. Navegar un camino hacia adelante requerirá un delicado equilibrio: reconocer los derechos individuales mientras se fomenta un sentido de responsabilidad comunitaria. A medida que los estadounidenses lidian con la realidad de una creciente divisividad y disparidad económica, la llamada por un nuevo contrato social se vuelve urgente. Ha llegado el momento de imaginar una sociedad que priorice no solo el beneficio, sino también el bienestar de todos sus ciudadanos, asegurando que los ideales de la democracia sean accesibles para todos. A medida que enfrentamos el inminente colapso de nuestro sistema político, la pregunta sigue siendo: ¿podemos recalibrar nuestros valores y sistemas para crear una sociedad inclusiva? ¿O continuaremos por un camino de aislamiento y competencia, arriesgando la supervivencia de la república misma? Las respuestas residen en nuestra disposición a confrontar las contradicciones de nuestro pasado y forjar una nueva visión para el futuro, una que abrace tanto la individualidad como la comunidad, asegurando que la advertencia de Franklin no resuene en la historia como una profecía trágica cumplida.