
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La reciente revelación de la actriz Lily Collins sobre su maternidad a través de un sustituto ha desatado una ola de reacciones en redes sociales, exponiendo un debate profundo y a menudo polarizante sobre el uso de la subrogación. Mientras que muchos celebran la llegada de su hija, otros cuestionan las implicaciones éticas y morales detrás de esta práctica. Claudia Connell, quien ha compartido su perspectiva sobre la subrogación, argumenta que esta forma de reproducción comercial debe ser prohibida, considerando que representa una preocupante mercantilización del cuerpo femenino. Connell, quien ha pasado por la experiencia desgastante de la infertilidad y ha intentado la fertilización in vitro (FIV) sin éxito, expresa su indignación ante el hecho de que tener hijos se haya convertido en un negocio lucrativo. La subrogación, que en el pasado era vista como una opción por parejas que enfrentaban dificultades para concebir, ha evolucionado hacia un modelo donde las celebridades y otros adinerados pueden "alquilar" un útero, dejando de lado las implicaciones éticas que ello conlleva. La actriz de "Emily en París" y su esposo, el director Charlie McDowell, no son los primeros en recurrir a un sustituto. En Hollywood, esta práctica se ha vuelto común, al punto que muchos se sorprenden cuando una celebridad lleva a cabo un embarazo de manera tradicional. Connell destaca cómo esta normalización es problemática, ya que crea un desequilibrio de poder; solo las personas ricas pueden permitirse la subrogación, mientras que las mujeres que actúan como portadoras a menudo provienen de contextos socioeconómicos desfavorecidos. La sugerencia de Connell es clara: la subrogación no debe ser vista como un acto altruista, sino como una transacción mercantil donde las mujeres pobres son explotadas. Las cifras son alarmantes: en algunos países como Estados Unidos, el costo de la subrogación puede ascender a más de 160,000 libras, mientras que en otros lugares, como Ucrania, los precios son significativamente más bajos, lo que atrae a parejas de todo el mundo. Esto plantea una pregunta inquietante: ¿cuántas de estas mujeres están realmente eligiendo ser sustitutas y cuántas se ven obligadas por la necesidad financiera? Connell menciona que muchas celebridades que optan por la subrogación lo hacen para evitar los cambios físicos y las interrupciones en sus carreras, lo que añade una capa de superficialidad a la discusión. La autora comparte su propio viaje de infertilidad, resaltando su decisión de no considerar la subrogación a pesar de su desesperación, y enfatiza que el deseo de ser madre no justifica la compra de un bebé. El contexto global también es preocupante. Connell recuerda casos de subrogación en países como India, donde la explotación ha llevado a prohibiciones debido a la falta de protección para las mujeres involucradas. A pesar de las consecuencias negativas, los mercados de subrogación siguen prosperando en lugares como Ucrania, donde la guerra ha dejado a muchos bebés solos en hospitales, sin la posibilidad de ser reclamados por sus padres. La crítica de Connell se extiende a la noción de que la subrogación altruista puede ser una solución ética. En el Reino Unido, donde la subrogación comercial es ilegal, se permite la compensación por "gastos razonables", lo que puede llevar a una carga financiera significativa que muchas veces termina beneficiando a los intermediarios más que a las portadoras. Este modelo no elimina la explotación, sino que simplemente la disfraza. La implicación de que la subrogación es una práctica aceptable porque se presenta de forma glamorosa por parte de celebridades es un argumento que Connell rechaza. Para ella, es fundamental que las mujeres hablen abiertamente sobre las implicaciones de la subrogación y la necesidad de proteger a las más vulnerables. A su entender, el feminismo debe abarcar todas las formas de daño hacia las mujeres, incluyendo la explotación en la industria de la subrogación. Finalmente, Connell concluye que la única forma de garantizar la protección de las mujeres y la erradicación de la explotación en este campo es implementar una prohibición global. Solo así se podrá abordar la compleja red de desigualdad y vulnerabilidad que rodea esta práctica, asegurando que la maternidad no se convierta en una mercancía que se puede comprar y vender. Esta es una conversación que necesita ser llevada a la luz, no solo para las figuras públicas, sino para la sociedad en su conjunto.