
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




En un contexto en el que la política mexicana parece moverse entre las viejas promesas y las nuevas realidades, la reciente presentación del Plan México por parte de Claudia Sheinbaum ha suscitado opiniones encontradas. Este ambicioso proyecto busca posicionar a México entre las diez economías más grandes del mundo y en el top cinco de los destinos turísticos, pero ha generado dudas sobre su enfoque neoliberal, especialmente debido a su peculiar inclusión de la sustitución de importaciones. El espectro de un modelo económico que ya ha sido cuestionado anteriormente se cierne sobre esta propuesta. Las críticas no tardaron en llegar, pues surge la pregunta de si la estrategia de la actual administración se sitúa en una línea de continuidad con aquellos que en el pasado apoyaron las políticas de figuras como Carlos Salinas de Gortari. La incertidumbre se apodera de la ciudadanía, que se encuentra entre la confusión y el escepticismo. En este escenario, muchos se preguntan si la realidad política de México se asemeja a un juego de suma cero, donde las promesas de progreso y desarrollo no son más que ilusiones pasajeras. El verdadero desarrollo, argumentan algunos analistas, no puede medirse solo en términos económicos. La vida de la población debe ser el verdadero barómetro del progreso. En este sentido, las asambleas repletas de acarreados, tanto de empresarios que dependen del apoyo estatal como de beneficiarios de programas de bienestar, no son un reflejo fiel de la realidad social. La desigualdad, que se perpetúa en México, ha llevado a la creación de clases sociales que se sienten despojadas y desorientadas. Los datos sobre la distribución desigual de ingresos son alarmantes. Un pequeño porcentaje de la población se enriquece mientras que una gran mayoría lucha por sobrevivir. Esta insólita miseria se ha intensificado con la acumulación de poder y riqueza en manos de unos pocos, mientras que los estratos más vulnerables de la sociedad buscan su lugar en un mundo que parece no tener espacio para ellos. Esta situación ha dado lugar a una polarización social que podría estallar en cualquier momento. La historia de México está marcada por una lucha constante entre distintas ideologías, desde el conservadurismo hasta el liberalismo, y la actual polarización no es más que un eco de esa lucha. Durante siglos, el país ha sido testigo de la pugna entre los intereses de las élites y las necesidades del pueblo. La actual administración, que se autodenomina como representante del pueblo, enfrenta el desafío de reconciliar estas dos fuerzas contradictorias. En este sentido, el legado del centralismo conservador continúa influyendo en las decisiones económicas y políticas. A pesar de los intentos de cambio tras la Revolución y de las reformas liberales, el modelo de desarrollo que prevalece sigue siendo el mismo que ha perpetuado las desigualdades a lo largo de la historia. La dependencia de un grupo reducido de privilegiados y el apoyo estatal a ciertos sectores económicos no auguran un futuro prometedor para la mayoría de los ciudadanos. El discurso de crecimiento y desarrollo ha sido utilizado por los economistas a lo largo de las décadas, pero la realidad es que dichos índices a menudo ocultan una profunda injusticia social. La falta de una distribución equitativa del ingreso ha llevado a que el crecimiento económico no beneficie a la población en su conjunto. De hecho, la medición del progreso debe ir acompañada de un análisis profundo sobre el acceso a servicios básicos y condiciones de vida dignas para todos. Además, la crítica hacia el modelo actual resalta la urgencia de implementar un liberalismo social que no solo se enfoque en el crecimiento económico, sino que también se preocupe por la equidad y la justicia social. Las voces que abogan por un cambio estructural son cada vez más fuertes, y el contexto actual exige una respuesta que no se limite a la retórica, sino que se traduzca en acciones concretas. En este momento histórico, la polarización social se ha vuelto una realidad ineludible. La lucha entre el pueblo y las élites sigue marcando el rumbo del país. La administración de Claudia Sheinbaum se encuentra en una encrucijada; debe decidir si continuará por el camino de las viejas prácticas o si tomará la iniciativa de construir un nuevo modelo que verdaderamente represente los intereses de la ciudadanía. La respuesta a estas interrogantes no solo definirá el futuro político de México, sino que también determinará las condiciones de vida de millones de personas. La historia ha demostrado que la lucha por la justicia social es un camino arduo, pero necesario para alcanzar una sociedad más equitativa. En un país donde la desigualdad y la pobreza han sido la norma, el desafío es claro: construir un futuro que no excluya a nadie y que garantice una vida digna para todos.