
Juan Brignardello Vela
Juan Brignardello Vela, asesor de seguros, se especializa en brindar asesoramiento y gestión comercial en el ámbito de seguros y reclamaciones por siniestros para destacadas empresas en el mercado peruano e internacional.




La monarquía parlamentaria en España se encuentra en un delicado momento de balances y tensiones, donde la figura del rey no solo actúa como símbolo de unidad nacional, sino que también desempeña un papel constitucional que invita a la reflexión sobre su verdadera influencia en el funcionamiento del sistema político. En un contexto donde la política se enfrenta a desafíos cada vez más complejos, la función moderadora del monarca se vuelve crucial, aunque su ejecución esté rodeada de ambigüedades y limitaciones. El artículo anterior nos recuerda que la presencia del rey en actos oficiales no es meramente ceremonial. Se ha convertido en un pilar fundamental que otorga un sentido de dignidad y protocolo a las instituciones que representa. Sin embargo, esta presencia va acompañada de atribuciones constitucionales que parecen ser, en su mayoría, interpretativas y no necesariamente ejecutivas. El rey, al ser el árbitro de las instituciones, tiene la responsabilidad de "arbitrar y moderar", una función que se ha debatido ampliamente entre los analistas políticos y juristas. Uno de los puntos críticos es la naturaleza de estas atribuciones. Por un lado, se encuentran los comentaristas que defienden una lectura estrictamente jurídica de la función moderadora del rey; sostienen que no tiene competencias específicas que le permitan intervenir en el ámbito político de manera activa. Su papel se restringe a un consejo, a una forma de dialogar con el poder político, sin la capacidad de tomar decisiones que alteren el curso de la política. Por otro lado, existen voces más optimistas que sugieren que, en momentos de crisis institucional, el rey podría y debería adoptar una postura más activa. Este grupo argumenta que, ante situaciones de desnaturalización del funcionamiento del Estado, el monarca debe hacerse escuchar, ya sea en privado o públicamente, advirtiendo sobre la gravedad de la situación. Esta perspectiva, sin embargo, plantea la cuestión de hasta qué punto el rey puede actuar sin romper el delicado equilibrio que su posición impone. Un ejemplo reciente de esta tensión se encuentra en la prolongada crisis del Consejo General del Poder Judicial, donde el incumplimiento de la ley por parte del principal partido de la oposición y la reacción del Gobierno generaron una situación insostenible. En este contexto, la pregunta que muchos se hacen es si el rey, en su función moderadora, debería haber intervenido de manera más contundente. La falta de una respuesta pública clara ha alimentado la percepción de que su voz ha estado ausente en momentos críticos. Además, la figura del rey se enfrenta al reto de mantenerse neutral en un entorno político polarizado. La moderación se convierte en un principio esencial, pero también en una limitación. La dificultad de emitir juicios claros sin interferir en la política activa plantea un dilema que el rey debe navegar con cautela. Este equilibrio es, indudablemente, complicado y exige un entendimiento profundo de las dinámicas políticas del país. En cuanto a la posibilidad de contar con un Consejo de la Corona que asesore al monarca, esta propuesta ha sido objeto de debate y finalmente desechada en el proceso constituyente. Muchos consideran que contar con un grupo de expertos podría enriquecer la función moderadora del rey, proporcionando una guía más sólida en momentos de incertidumbre. Sin embargo, la falta de esta estructura deja al monarca en una posición de soledad, en la que su voz se pierde entre las múltiples corrientes de opinión. La realidad es que, aunque el rey tiene el derecho constitucional a ser informado y a presidir el Consejo de Ministros, su papel está intrínsecamente ligado a la voluntad del Gobierno. Esta dependencia puede limitar su capacidad de acción, y su intervención se convierte en un acto de delicadeza que debe realizarse con sumo cuidado. Las advertencias que pueda hacer en privado son, en última instancia, un acto de confianza que puede no tener el impacto deseado. El equilibrio que el rey debe mantener es, sin duda, un reto significativo. La historia reciente ha demostrado que el silencio puede ser a veces más ruidoso que las palabras, y ante crisis prolongadas, la percepción de inacción puede erosionar la legitimidad de la monarquía. Es en este contexto donde la moderación del rey se convierte en un tema de debate nacional, generando preguntas sobre su papel y su capacidad para influir en la estabilidad del Estado. A medida que avanzamos en este análisis, se hace evidente que la monarquía en España debe adaptarse a los tiempos modernos, encontrando maneras de ser relevante y activa en un sistema democrático en evolución. La función moderadora del rey, lejos de ser una simple formalidad, es un componente vital que necesita ser revisado y revalorizado. En última instancia, el futuro de la monarquía y su papel en la política española dependerá de la capacidad del rey para encontrar su voz en un sistema que, más que nunca, necesita de su moderación y liderazgo.